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Apuntes en torno al extremismo político (II): El chavismo y la interpretación libre del marxismo-leninismo

Foto: AFP

Miguel Ángel Martínez Meucci

5 de diciembre de 2017

En el artículo anterior nos referíamos a la forma particular de extremismo político que durante dos siglos ha estado encarnada en esos fenómenos políticos característicamente modernos que son las revoluciones, sobre todo en aquellas que Ángel Bernardo Viso llamó “revoluciones terribles”, y que durante el siglo XX corresponden esencialmente a las que se desarrollaron bajo el guión de la ideología marxista-leninista. En esta oportunidad queremos repasar sucintamente el impacto de este ideario en América Latina, y más concretamente en Venezuela, haciendo ver cómo su impronta sobre el chavismo es innegable a pesar de que sus particularidades no se agoten ahí.

América Latina ha experimentado en diversas oportunidades los estragos que a menudo ocasiona la mentalidad revolucionaria de factura comunista. Si bien a menudo las luchas enarboladas por los abanderados de esta ideología estaban en cierto modo justificadas –en tanto se enfrentaban con situaciones de grave injusticia y desigualdad– también es cierto que con demasiada frecuencia el remedio terminó resultando peor que la enfermedad. El caso más emblemático es aquel en donde la victoria de los comunistas fue más completa: en la Cuba castrista la receta marxista-leninista se aplicó de forma bastante nítida y convencional. En la isla caribeña el retraso y la miseria actuales tienen muy poco que ver con situaciones que no sean de exclusiva responsabilidad del modelo de gobierno.

En otros casos, la influencia de este ideario resultó fundamental –con matices de todo tipo– en movimientos armados como los del sandinismo, las FARC o Sendero Luminoso, los cuales lucharon con resultados irregulares –pero siempre lamentables– a lo largo de todo el continente. El marxismo-leninismo también influyó poderosamente en movimientos políticos que no procedieron esencialmente a través de la vía armada, tales como la Unidad Popular en Chile o el chavismo en Venezuela. En cada uno de estos casos la ideología matriz se coloreó con elementos locales, desarrollando ribetes culturales e ideológicos que para los marxistas europeos pudieran resultar un tanto desconcertantes, pero que en todo caso contribuyeron a facilitar su arraigo popular y a generar ese particular sincretismo político que caracteriza a las izquierdas latinoamericanas.

En lo que al chavismo respecta, el formato revolucionario característico del marxismo-leninismo ha mantenido lo esencial de su identidad a través de la influencia de los propios exguerrilleros comunistas venezolanos –y sobre todo de sus hijos y herederos–, mientras que la impronta inconfundible en los modos y lógicas del ejercicio del poder por parte del régimen chavista se deben, en buena medida, a la decisiva influencia del aparato castrista en Venezuela. Por tales razones, si bien pudiera discutirse largamente si el ascenso del chavismo constituye en verdad una revolución, de lo que caben muchas menos dudas es de que el “proceso” como tal ha sido disparado y conducido por revolucionarios, entendidos éstos en el sentido que Arendt adjudicaba a aquellos extremistas que no reparan en nada ni en nadie con tal de hacerse con el poder absoluto, de acuerdo con los postulados de una ideología dogmática.

Esta fidelidad del chavismo al ideario revolucionario del comunismo clásico constituye de por sí credencial suficiente para considerarlo como un movimiento/régimen político claramente extremista. Semejante extremismo marxista-leninista se ha verificado a través de la voluntad de centralizar toda la economía en el Estado, reformar el sistema educativo de pies a cabeza en función de la propaganda oficial, replantear la historia e identidad nacional, hegemonizar los medios de comunicación de masas y conducir una política exterior bastante característica de lo que en relaciones internacionales se considera un “Estado revolucionario”, esto es, un Estado que, luego de caer en manos de un movimiento político de carácter revolucionario, reorienta por completo su conducta frente al concierto de las naciones y pretende subvertir las reglas tácitas y explícitas por las cuales dicho entorno ha venido manejando sus relaciones diplomáticas –lo que en los casos más radicales es conocido como la “exportación de la revolución”. Todos estos elementos acercan también, peligrosamente, al chavismo al extremo de constituirse como un régimen totalitario.

No obstante, este ADN político se ha visto aderezado con una serie de elementos que a lo largo del tiempo han complicado la caracterización que del chavismo pueden ofrecer la teoría política y la ciencia política. Por ejemplo, durante los años 80 y principios de los 90 la actividad desarrollada por Hugo Chávez y las células conspirativas a las que perteneció dentro de las Fuerzas Armadas de Venezuela remiten a un proyecto de factura militar, proyecto que a algunos –contra lo que muestra la mayor parte de la evidencia– les llega a parecer de derecha o conservador. Posteriormente, la participación política de Chávez durante el período 1994-2002 presenta elementos importantes de corte fundamentalmente populista, en tanto logró erigirse como la figura principal de una coalición multiclasista, nacionalista, contraria al statu quo, al sistema de partidos y a la clase política tradicional. La voluntad de convocar a una Asamblea Constituyente respondió entonces más al propósito de acabar con un orden constitucional consolidado que al de instaurar otro nuevo.

El chavismo también ha sido caracterizado como un autoritarismo competitivo en función de su habilidad para erigirse vencedor en procesos electorales, aunque conducidos siempre bajo una serie de controles que, como mínimo, podrían calificarse de abusivos. Su práctica autoritaria del poder, alejada del Estado de Derecho y de las formas republicanas, tendió a ser tolerada tanto nacional como internacionalmente en la medida en que “ganaba elecciones” y, además, era capaz de repartir ingentes beneficios –derivados únicamente del aumento de la renta petrolera que ocasionó una década de altos precios del crudo– tanto entre sus aliados como entre varios de sus potenciales adversarios. Más recientemente, esta condición “híbrida” ha ido dejando lugar a una autocracia mucho más bien hegemonía y en esta deriva han jugado un papel esencial, tanto su incapacidad para afrontar elecciones mínimamente libres, justas y competitivas, como su progresiva y cada vez más evidente incorporación dentro de diversas lógicas del crimen organizado transnacional.

Foto: AP

De lo anterior surgen múltiples interrogantes que no es posible responder aquí, pero cabe también sacar algunas conclusiones preliminares. En primer lugar, el chavismo no ha operado siempre del mismo modo, razón por la cual se podría llegar a afirmar que no ha sido siempre lo mismo. Fenomenológicamente ha ido mutando con el paso del tiempo y en función de las circunstancias. De hecho, empezó siendo una logia militar conspirativa, pasó por una fase esencialmente populista, desarrolló un régimen autoritario con cada vez más elementos propios de un totalitarismo y finalmente ha terminado enlazado con dinámicas del crimen organizado. Por tal razón es tan importante comprender en sus particularidades cada una de esas etapas como intentar definir qué es lo que se mantiene constante en su naturaleza con el paso del tiempo.

En segundo lugar, y con respecto al punto señalado anteriormente, está claro que a pesar de todas las mutaciones sufridas, el chavismo siempre ha sido antiliberal, antirrepublicano y contrario al Estado de derecho –un rasgo que, por lo demás, es característico del fenómeno totalitario. Más allá de las diversas etapas por las cuales ha pasado, nunca ha valorado –más bien ha rechazado– la idea del individuo y de sus acciones libres como base de una sociedad abierta, ni ha manifestado respeto alguno por la ley –entendida como una limitación que se considera necesario acatar en función de alcanzar la cooperación necesaria para permitir la existencia de una sociedad justa y plural–, ni demostrado disposición de entregar el poder. En virtud de lo anterior, su carácter extremista tiende a evidenciarse con cada acto de violación de la ley y cada vez que su poder se ve amenazado.

En tercer lugar, esa actitud antiliberal se ha expresado prácticamente siempre en términos propios de la tradición ideológica del marxismo-leninismo, esa partitura común que ha encontrado tantas interpretaciones distintas. Tanto las células conspirativas dentro de las FAN a las que perteneció Hugo Chávez como la “relación especial” mantenida con la Cuba castrista desde tiempos anteriores a su elección como presidente en 1998, así como el constante sistema de alianzas consolidado internacionalmente y el propio modelo de gobierno y control implementados en Venezuela por el chavismo, son elementos que permiten identificar este movimiento/régimen político como afín al ideario marxista-leninista, más allá de las diversas formas en las que éste pueda ser interpretado. No es casualidad, pues, que la mayor parte de las izquierdas radicales de Occidente hayan visto o sigan viendo con simpatía lo que el chavismo hace en Venezuela y fuera de sus fronteras.

Es preciso señalar que ese régimen que encarna el chavismo, tan proclive a ser definido de modos tan diversos, es en todo caso un fenómeno que mantiene estrecha relación con varias dinámicas transnacionales vinculadas con distintas formas de extremismo político, siendo todas ellas contrarias a la democracia liberal. La comprensión del caso venezolano, por lo tanto, reviste una importancia cada vez mayor a la hora de estudiar las amenazas a las que actualmente se encuentran sometidas las democracias liberales.

En función de lo aquí señalado, en una próxima entrega –la tercera y última sobre estos apuntes en torno al extremismo político– ahondaremos en una dinámica que afecta de un modo particular la etapa más reciente del chavismo. Nos referimos a sus nexos cada vez más conspicuos con el crimen organizado, y a la interrogante en torno a si esta deriva es fruto de la descomposición del régimen o, por el contrario, su esencia misma.

 

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