Espacio plural

De cómo algunas protestas populares se transformaron en movimientos exitosos

Foto: REUTERS/Carlos Garcia Rawlins

Ángel E. Álvarez, PhD

17 de septiembre de 2019

Los movimientos sociales motorizan el cambio político. La historia de movimientos sociales exitosos es larga. Casos exitosos frecuentemente estudiados son el movimiento de las sufragistas a comienzos del siglo pasado, en países anglosajones; el movimiento contra la guerra en Vietnam; la lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos; las revoluciones de colores en los países comunistas de Europa del Este, hace más de tres décadas, y más recientemente, las “primaveras” de los países árabes. La mala noticia es que también es larga la lista de fracasos, éxitos parciales y retrocesos.  El éxito político depende en alguna medida de las capacidades de quien lo persigue, pero en buena parte también de factores imponderables o desconocidos.  No obstante, como dijera Nicolás Maquiavelo, “donde hay buena disciplina, hay orden, y rara vez falta la buena fortuna” y así no se alcance el éxito, “vale más hacer y arrepentirse que no hacer y arrepentirse.”

No es una operación sencilla la identificación precisa de las razones por las que algunos movimientos avanzan, crecen en seguidores, logran metas y cambian el mundo, mientras que otros inicialmente prometedores languidecen y fracasan. No obstante, hay algunas pistas que pueden ser usadas para diagnosticar el éxito potencial de un movimiento de acción y protesta política.

La primera pista es la especificidad de los objetivos. Mientras los políticos hoy en día están obligados a formar grandes coaliciones heterogéneas de grupos de personas con problemas, intereses o preferencias dispares, lo que lleva a la creación de los catch-all parties, los movimientos sociales exitosos están formados por activistas single-issue. Un movimiento social se centra en un solo asunto, un solo problema público y una sola estrategia para resolverlo.  El movimiento por los derechos civiles en US se activó y mantuvo centrado en el logro de unas determinadas reformas legislativas claramente definidas por sus líderes; las sufragistas, lucharon por el derecho al voto; la revolución bulldozer en Serbia buscaba el derrocamiento de Slobodan Milošević, no menos, no más. Ergo, si un movimiento que busca un cambio, digamos “elecciones justas,” se dispersa en consignas como “elecciones justas, pero sin el candidato X”, “reforma económica y elecciones justas,” “intervención humanitaria y elecciones justas” o “golpe de estado y elecciones justas,” lo más probable es que fracase.  Igualmente ocurre si el objetivo es vago y difícil de concretar en acciones y plazos específicos.

Para saber cómo hacer algo en política, es indispensable saber cuales son los recursos de poder con los que realmente cuenta el movimiento y cual es la vía más eficiente para emplear tales recursos. El éxito del movimiento Otpor! (¡Resistencia!) de Serbia estuvo basado justamente en la clara identificación de los recursos de poder de los jóvenes estudiantes. Curiosamente, el humor, la creatividad, fue justamente uno de estos recursos (recomiendo ver este video, lamentablemente solo existe en inglés: https://www.youtube.com/watch?v=3CV9XjA8CnU).

La necesidad de un propósito y un método de lucha claramente establecidos se vuelve notoria y es evidente si observamos los movimientos fallidos. Por ejemplo, la consigna “que se vayan todos” en Argentina movilizó masivamente a la población contra el gobierno. Cinco presidentes se sucedieron en una semana, el peronismo de izquierda volvió al poder, pero los cambios de política económica nunca fueron sustantivos. Se fueron muchos, pero poco cambió. Igualmente, el movimiento Occupy Wall Street de 2011 tenía muchas quejas legítimas contra las grandes corporaciones financieras, pero nunca pasó de eslóganes ni luchó por una meta concreta.

En Venezuela, 2019, la consigna “cese a la usurpación” movilizó apoyos nacionales e internacionales a favor de un cambio político, pero los líderes de la oposición han tenido claro, al parecer, que no es suficiente señalar lo que quiere, sino que es necesario tener una idea clara de cómo hacerlo. El cambio no lo produce la repetición ad nauseam de un eslogan, sino con una visión clara del cambio que desea lograr. Eso significa, además, no atarse las manos rígidamente a un listado de pasos imaginarios. No es determinar a priori la secuencia de hechos inciertos. Lo importante es que el movimiento y sus líderes sepan qué persiguen, en qué terreno están parados y cómo lograran sus metas.

Como dijo Sun Tzu en el Arte de la Guerra: “Conócete a ti mismo, conoce a tu enemigo y conoce el terreno”. Saber donde se pisa es conocer el terreno del conflicto. Y ese terreno puede ser el territorio, pero también es el complejo mapa de aliados actuales y potenciales, así como el de los adversarios. Ningún movimiento social logra sus metas de un día para otro ni manteniéndose “puro”, asilado de alianzas y compromisos, incluso con aquellos que anteriormente fueron indiferentes e incluso adversarios.  Por ejemplo, en el movimiento de derechos civiles del Doctor Martin Luther King Jr. se enfocó, inicialmente, en movilizar a los negros del sur, pero luego ganaron el significativo apoyo de blancos del norte. Harvey Milk comenzó el movimiento LGBT solo con el apoyo de personas homosexuales en la calle Castro, San Francisco, pero obtuvo el respaldo masivo de heterosexuales liberales en el área de la Bahía.

Rechazar un apoyo proveniente de alguien que antes fue indiferente o incluso de alguna manera parte de la coalición en el poder es, dicho simplemente, un sin sentido. Todo movimiento busca corregir alguna injusticia, por ello es tan fácil caer en la tentación de demonizar al otro lado. Es aquí en donde muchos movimientos fallan. La rabia es un movilizador efectivo para los propios, pero la revancha, la venganza y el odio difícilmente atrae a otros no plenamente convencidos pero necesarios.  Bloquear calles, lanzar piedras y cocteles molotov a la policía u otros contrincantes, es más probable que genere rechazo de potenciales aliados y que haga mucho más difícil obtener apoyos claves dentro de la estructura del poder. En 2016, por ejemplo, durante las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, los llamados “Bernie Bros.” lograron cierta simpatía a los partidarios incondicionales de Bernie Sanders, pero sin dudas provocaron el rechazo de muchos que eran necesarios para ganar la nominación.

Finalmente, si bien es crucial ganar aliados, también es importante identificar las instituciones nacionales o internacionales que tienen el poder propiciar el cambio buscado. Tales pilares varían de un caso a otro y son más fáciles de detectar en un contexto democrático que en uno autocrático. Esta identificación es tan importante como tener apoyo popular. Sin apoyo institucional, es poco probable el éxito. En la revolución serbia, por ejemplo, el movimiento Otpor vio en los arrestos de sus activistas una oportunidad para construir relaciones positivas con la policía. Los manifestantes se entrenaron no para agredir y no solo para protegerse, sino también para defender a los policías de agresiones y provocaciones dentro de sus propias filas. Al final, cuando la policía tuvo que decidir si disparar contra las multitudes o unirse a las filas del movimiento, eligieron lo último.

No hay un recetario de cómo tener éxito político. Mucho menos en ambientes tan convulsos e inciertos como los que rodean a los movimientos sociales de protesta. Lo que es cierto, es que los movimientos exitosos cuentan con un método, su propio método, no reducido a un listado de buenas intenciones repetido en consignas o mantras, ganan aliados construyendo esperanzas en lugar de esparcir amenazas, identifican y ganan finalmente el apoyo de instituciones claves y, sobre todo, tienen claro cuáles son sus objetivos, los definen de forma precisa, establecen metas realistas y conocen sus propios recursos de poder.

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