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¿Por qué y para qué queremos democracia?

Juan Manuel Trak | 28 de enero de 2020

Sin lugar a dudas la democracia venezolana ha muerto. No existe posibilidad alguna de que aquel proyecto político que se construyó en 1958, y que permitió una transformación sin precedentes en nuestro país, vuelva a resurgir. Con independencia de lo que se construya a partir de una posible transición política –que al día de hoy luce cada vez más lejana–, la estructura demográfica, social, cultural y económica nos conducen inexorablemente a pensar en un arreglo institucional democrático mucho más complejo que el que existía en aquel momento.

Más aún, el daño irreparable que el chavismo le ha hecho a Venezuela es tan profundo que posiblemente la construcción de un sistema político verdaderamente democrático tardará décadas. Si bien lo que ha ocurrido en Venezuela no puede ser comparado con una guerra, los efectos del gobierno de Maduro sobre la economía, la población y la capacidad del Estado para brindar las condiciones mínimas necesarias para una vida normal han sido devastadores.

Ante este escenario, el liderazgo político venezolano parece tener dificultades para expresar meridianamente los elementos centrales de sus proyectos. Parece que ninguno de los grupos que buscan desplazar al gobierno del poder se pregunta: ¿Por qué y para qué la democracia?. Las respuestas a estas dos interrogantes son necesarias si se quiere avanzar en un movimiento que de los primeros pasos dé una transición. El “por qué” alude la causa subyacente, mientras que el “para qué” la finalidad. Al día de hoy, muchos de quienes dicen luchar contra el gobierno no parecen tener claro ni las causas ni las finalidades de sus acciones.

Lo anterior tiene que ver con la polarización y la construcción de un clivaje cuya definición es estar a favor o en contra de una identidad. Es decir, la polarización en el eje chavismo-antichavismo supone que quienes no están con el gobierno se definen por negación a éste y no por un proyecto alternativo que lo pueda desplazar. Este mismo fenómeno lo observamos en el seno de la oposición, en el que los grupos más radicales se definen por negación a la MUD. De suerte que en la oposición el “por qué” y el “para qué” se responde en función de lo que hace o deja de hacer el gobierno (o en el caso de los radicales la MUD).

La ausencia de un “por qué” y “para qué” de la lucha política, construidos alrededor de un proyecto político (no de programas, planes o políticas púbicas específicas por más bien diseñadas que estén), impide mantener la capacidad de convocatoria y promueve expectativas de corto plazo que, al no ser satisfechas, frustran y desmovilizan a la población.

Adicionalmente, es importante quién y cómo responde a esas preguntas. Es aquí donde las diferentes facciones que dicen oponerse al gobierno autoritario chocan con más vehemencia. Los diversos grupos se abrogan para sí el monopolio de la respuesta, de suerte que invierten más tiempo tratando de deslegitimar a los otros que indicar claramente el “por qué” y “para qué” de sus acciones. De lo anterior se desprende un continuo proceso de polarización en el seno de la oposición que impide la cooperación y exacerba la competencia existencial. Así las cosas, la oposición dice querer rescatar la democracia, pero ¿por qué y para qué quieren democracia?.

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