Opinión y análisis

El diario como memoria social

Foto: Archivo


Andrés Cañizález

Doctor en Ciencia Política (USB), Maestría en Ciencia Política e Historia de Venezuela, Periodista, Investigador. Premio Monseñor Pellín (2005). Tiene en su haber numerosas publicaciones sobre la relación de los medios de comunicación con la democracia. Articulista.

@infocracia


Escribo este texto el 6 de julio de 2020. No la conozco personalmente, pero quiero con estas líneas rendirle tributo. La escritora Ana Teresa Torres cumplió 75 años. La noche del 5 de julio, sin haberme propuesto, terminé de leer su libro “Diario en ruinas (1998-2017)”, editado por Alfa.

Como todas las lecturas que hago, pesa la distorsión que ha generado la profesión, el periodismo, y la práctica de los últimos años, el análisis político. De esa forma no me acerco al libro desde una perspectiva literaria. Sólo tomo lo que sugiere el libro para detenerme ante un hallazgo personal, es la primera vez que propiamente leo un diario.

Una rápida búsqueda en Google me lleva a un camino que no voy a transitar. La condición de género o subgénero del diario, su condición literaria o autobiográfica, y realmente el etcétera es largo. Volvamos a la lectura sociopolítica y a la mirada periodística, que es nuestro terreno.

No estamos ante un libro autobiográfico, aunque obviamente después de leerlo tengo muchas estampas personales de la autora, de su familia, de las decisiones que escindieron su vida familiar (la ida de sus hijos a Canadá atraviesa el texto), de sus relaciones personales y confrontaciones con personajes del mundo cultural e intelectual venezolano, todo ello sí bastante limitado al período en el que transcurre el diario.

El diario sale de la frontera del espacio íntimo. En realidad, el libro de Torres es una suerte de cronología del chavismo bajo la óptica personalísima de la autora. Podría pensarse que son cosas similares, pero en verdad no lo son. El hilo conductor de este diario no son los hitos personales, aunque estén presentes, sino el acontecer colectivo.

Estamos ante un volumen de memoria social, a partir de los recuerdos, apuntes, artículos de la autora que ella va engranando de forma muy precisa, junto a documentos generados por lo que genéricamente podríamos llamar la intelectualidad demócrata de Venezuela. Las páginas finales, en los anexos, están recogidos diversos documentos y pronunciamientos del sector cultural ante el avance inexpugnable del chavismo para acabar con el modelo democrático de 1958.

La máquina de destrucción no se detuvo, hizo caso omiso de los llamados de escritores, artistas y gestores de la cultura. No pocas veces la propia Torres se interpela sobre el objetivo de tales documentos, sobre su efectividad. No iban a detener al chavismo, sin duda, pero son base importante sobre nuestra memoria demócrata, aún en tiempos de autoritarismo.

La clave de este texto está en la memoria, en la reconstrucción de una serie de hechos que marcaron la vida nacional bajo la particular óptica de esta escritora y psicoanalista. Reside allí, sin duda, su valor como documento de lo que conocemos como historia inmediata.

Desde un punto de vista sociopolítico, llaman la atención dos posturas ubicadas precisamente en los extremos del libro, en el inicio y en su parte final. Al inicio la premonición, en tanto que al final está el entendimiento; se trata de una comprensión, que puede parecer tardía, pero que tiene lugar precisamente a partir de la experiencia vivida.

Torres desde muy temprano tiene una opinión sumamente crítica del chavismo. En sus anotaciones de 1999-2000 se manifiesta el temor ante lo que se ve como proyecto de largo plazo, nada pasajero. Y junto a ello, la también perspicaz intuición de que se consolidaba un proyecto autoritario. Llamar dictadura al chavismo hace 20 años para muchos resultaba exagerada, pero en el caso de la autora sus notas, en aquellos meses iniciales, daban cuenta del inicio de un proceso para desmantelar el Estado democrático, para desmantelar la República.

“Me doy cuenta de que he tardado muchos años en comprender algo muy simple. El objetivo del poder es el poder. La finalidad de sostener el poder es sostener el poder. El poder es tautológico. Quizás Chávez quería el poder para sostener la revolución, pero después quería la revolución para sostener el poder”. Esta demoledora reflexión de Torres tiene como entrada el 13 de mayo de 2016, cuando ya se acerca el final de este diario.

Ha tardado tres lustros en llegar a ella, desde que el chavismo se hizo con el poder en Venezuela. Pero allí está, tal vez la clave, del tiempo que vivimos. El único fin del chavismo es el poder, “por amor al poder mismo”, como lo señala Orwell en su obra 1984, sobre la que Torres justamente vuelve asumiendo que, tras su vida, en el país en ruinas, ahora sí puede entender a cabalidad.

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