Opinión y análisis

¿Orden o Desorden Internacional?

Extraída d: XL Semanal

Félix Arellano

La pandemia del Covid-19 está acelerando procesos de transformación que venían avanzando en el contexto global y generando nuevas presiones disruptivas, con un panorama tan complejo, expertos del Deutsche Bank consideran que desde este año se inicia un nuevo ciclo económico internacional que definen como “era del desorden” (el Economista, 12/09/20). Tal definición podría resultar exagerada o incluso una perogrullada, si consideramos que la realidad internacional se caracteriza por su complejidad, dinamismo e incertidumbre; pretender establecer un orden rígido es prácticamente imposible.

Es evidente que el llamado orden liberal que se va conformando finalizada la segunda guerra mundial mediante, entre otros, la Carta de San Francisco que crea las Naciones Unidas y sustituye la vieja Sociedad de Naciones y los Acuerdos de Bretton Woods que establecen tanto el Fondo Monetario Internacional (FMI), como el Banco Mundial (BM); un orden basado en principios y reglas, que privilegia las libertades y los derechos humanos; está enfrentando serias amenazas, desde las estrategias de los gobiernos autoritarios, que promueven la visión rígida de la soberanía y una anarquía atenuada por pactos, pero también desde los propios países democráticos, donde avanzan tendencias radicales que estimulan el nacionalismo y la exclusión. 

Son múltiples las presiones que enfrenta el orden internacional y podrían conformar la llamada “era del desorden”; empero, la gran amenaza que subyace en el conjunto de factores tiene que ver con el desasosiego social, que se potencia con los efectos de la pandemia. Diversas organizaciones internacionales están alertando sobre el incremento de la pobreza, el autoritarismo, la exclusión, la intolerancia, la marginalidad, en tales condiciones, que los radicales definen como “caldo de cultivo”, resulta obvio esperar tiempos de gran tensión social en el planeta. En este sentido, consideramos que la “era del desorden”, se vincula fundamentalmente con el descontento social que crece y sus potenciales desviaciones al populismo, el radicalismo, la anarquía y la violencia.

Al puntualizar más concretamente en la fuerzas disruptivas que estimulan la llamada  “era del desorden”, entre otras, podríamos resaltar: i) las crecientes contradicciones de la globalización que se agudizan desde la crisis financiera mundial del 2008; ii) las crecientes tendencias nacionalistas que debilitan la gobernabilidad internacional y tiene en los gobernantes Donald Trump de Estados Unidos y Boris Johnson del Reino Unidos, expresiones muy significativas; iii) el progresivo deterioro del multilateralismo; iv) la crisis ecológica a escala global; v) el creciente conflicto entre Estados Unidos y China que afecta a la economía en su conjunto; y en estos momentos vi) los negativos efectos en todos los ámbitos de la pandemia del Covid-19.

Cada una de esas fuerzas presenta su especificidad y complejidad que debería ser analizada con atención, pero además, todas ellas están interconectadas, forman parte de la llamada interdependencia compleja del orden global que estamos viviendo. Tanto la comprensión del conjunto, como de las potenciales soluciones exige de una visión holística e interdisciplinaria. Estamos frente a un conjunto de múltiples variables que se condicionan unas con otras y todas ellas generan consecuencias en el ámbito social.

Desde nuestra perspectiva la “era del desorden” tiene que ver con la diversidad de variables que intervienen, coexisten y se interrelacionan, pero sobre todo, con los efectos sociales que están planteados, tanto por la dinámica de funcionamiento de cada una de las variables, como por los efectos perversos de la pandemia del Covid-19, que inciden con mayor rigor en los sectores más vulnerables, entre ellos los países más pobres.

Pudiéramos ilustrar la tesis de los efectos sociales en la era del desorden abordando brevemente el tema del desarrollo científico tecnológico, que si bien evidencia un crecimiento exponencial y lineal, los efectos sociales también representan una seria amenaza. Cada día encontramos mayores y más sofisticados avances técnicos, como se puede apreciar en la llamada IV Revolución Industria o el Internet de las cosas. Los procesos productivos, el sistema financiero y comercial, la educación, la salud, la recreación, todo fundamentado en el desarrollo e interconexión electrónica; empero, paralelamente van creciendo los perdedores, los excluidos, los desempleados, los no formados, los más vulnerables; todos ellos potenciales factores de inestabilidad social.

Las consecuencias sociales del avasallante desarrollo tecnológico se acentúan con  los efectos de la pandemia. La situación se presenta grave para los países en desarrollo, pero también se está presentando en los países prósperos. Son múltiples los casos, podríamos mencionar en la región; al respecto, son significativas las protestas sociales que se ha presentado en dos países ejemplares por su dinámica de crecimiento económico, como son Chile y Costa Rica.

El mundo ha quedado impactado ante el incremento de las protestas en estos países que han representado un oasis de crecimiento en la región; empero, ahora se reconoce que crece la economía, pero no la equidad. En este contexto, debemos recordar que en los sistemas democráticos los excluidos prontamente expresan su malestar, en algunos casos también pueden ser objeto de manipulación de los movimientos radicales. Pero es evidente que en el fondo subyacen problemas sociales que no han sido atendidos adecuadamente.

 En las economías industrializadas también se van incrementando los factores de malestar social que se multiplican con los efectos de la pandemia. Tenemos el caso del desempleo, en particular tecnológico, pues las empresas migran buscando mejores condiciones de competitividad o adoptan tecnologías que liberan mano de obra. Este ha sido uno de los factores que determina el triunfo de la agenda nacionalista, proteccionista y conservadora de Donald Trump en Estados Unidos,  que se resume en su “América primero”. Ahora bien, las soluciones de corto plazo pudieran aliviar los síntomas, pero no resuelven el problema estructural de fondo.

En las economías prósperas encontramos muchos otros factores de tensión social que generan inestabilidad, tal es el caso de las migraciones. Las poblaciones más vulnerables de los países en desarrollo, algunos de ellos antiguas colonias, que migran buscando mejores condiciones de vida; o migran para salvar sus vidas de zonas de guerras o de gobiernos autoritarios que violan sistemáticamente los derechos humanos o por hambre. Esta tendencia, que ha crecido significativamente en los últimos años, ha conllevado, entre otros, el incremento de xenofobia.

En el caso de la Unión Europea la llegada de los migrantes se está tornado en uno de sus graves problemas, y varios países miembros retoman las agendas nacionalista, recurren a la anacrónica visión rígida de la soberanía y prefieren eliminar los importantes beneficios que causa la integración económica, antes que ceder a una mayor apertura frente a los vulnerables del mundo que llegan a sus fronteras.

El desasosiego social no atendido representa una potencial bomba de tiempo, tanto contra las democracias, como contra el orden internacional liberal basado en principios y reglas. Adicionalmente, la pandemia está reactivando y multiplicando el descontento. Morir por el virus o por el hambre es parte de los dilemas de los más vulnerables y las soluciones se presentan complejas y costosas para todos.

Los factores disruptivos que estimulan el malestar social son múltiples y globales, pero los efectos más acuciantes se presentan en los países más pobres; las soluciones son globales, exigen de la participación de todos y en especial de los países más prósperos y las instituciones multilaterales. Dejar a su suerte a los más vulnerables en el contexto de pandemia, conlleva promover un mayor desorden mundial que afectará a todos.

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