
Generada con IA
Pedro Miguel González Caro 29.07.26
En el epílogo de la reciente producción cinematográfica Nuremberg (2025), el espectador es confrontado con una advertencia incómoda pero indispensable para comprender la historia contemporánea. A través de la reconstrucción psicológica del proceso judicial contra los jerarcas del totalitarismo, la película desnuda una realidad aterradora: la opresión y la demolición de las libertades no son el producto exclusivo de monstruos mitológicos, sino de burócratas, magistrados y funcionarios cultos que deciden, paso a paso, torcer el derecho y mirar hacia otro lado. Es allí donde la célebre frase del filósofo R. G. Collingwood adquiere su carga más sombría: “La única pista de lo que el hombre puede hacer es lo que el hombre ha hecho”. El pasado no solo registra el mapa de nuestra resiliencia civil (como analizamos en la primera parte), sino también el inventario del método del poder para someter a un cuerpo social y burlar a sus interlocutores.
Este texto debe entenderse, antes que nada, como una señal de alarma para la ciudadanía y una alerta estratégica para la conducción política. Al examinar el retrovisor de la Venezuela de las últimas tres décadas, el «ha hecho» del diseño gubernamental revela la aplicación milimétrica del síndrome de la rana hervida. Si la asfixia autocrática que experimentamos hoy se hubiese impuesto de golpe a finales del siglo pasado, el cuerpo social habría reaccionado de inmediato saltando fuera de la olla. El método exigió una dosificación gradual de la temperatura que se valió de la incredulidad. El mayor aliado del poder ha sido el histórico e ingenuo: “No, yo no creo que ellos sean capaces de hacer eso”. Cada vez que la sociedad pronunció esa frase, el sistema demostró que no solo era capaz, sino que procedió a ejecutarlo, transitando progresivamente del error jurídico a la desjusticia absoluta.
Sin embargo, esta pista del pasado no solo interpela a cada ciudadano; constituye una bandera roja urgente para el equipo que lidera Dinorah Figuera desde la presidencia de la Asamblea Nacional de 2015, que se encuentra a las puertas del proceso de negociación que inicia este 1° de agosto. La historia reciente ofrece un patrón axiomático sobre lo que el régimen “hace” en la mesa de diálogo: para el poder, la negociación nunca ha sido un instrumento de democratización, sino una herramienta de administración del tiempo. La memoria de los intentos fallidos no permite margen para la ingenuidad: las mediaciones del Reino de Noruega, los acuerdos de Barbados, los encuentros en República Dominicana, la mesa de México y hasta la facilitación del Papa Francisco, fueron utilizados sistemáticamente por el régimen para desmovilizar la presión, disipar las crisis, superar escollos coyunturales y afianzarse nuevamente en el poder a costa del desgaste de la contraparte. De modo que mucho cuidado con “la voluntad política” que muestra el gobierno en este caso.
Por eso, la premisa de Collingwood exige deponer cualquier tentación de candidez política. Acudir a una negociación sin registrar el «ha hecho» del adversario es condenarse a repetir el ciclo del engaño. La dirigencia democrática no puede conceder el beneficio de la duda a quien ha hecho del incumplimiento una política de Estado. La única forma de romper ese bucle es entender que toda conversación debe partir de garantías verificables, plazos estrictos y costos de incumplimiento reales, evitando que la negociación vuelva a convertirse en el oxígeno que prolongue la hegemonía del autoritarismo.
Frente a este panorama de desgaste institucional y táctico, es imperativo rescatar las reflexiones que San Juan Pablo II legó en su libro, Memoria e Identidad (2005). Habiendo padecido en carne propia las autocracias del siglo XX, Karol Wojtyła recordó una certeza histórica y ética de valor incalculable: el mal tiene un límite infranqueable, ese límite es el bien hecho por quien decide enfrentarlo. Las tiranías que parecieron perpetuas terminaron colapsando porque el mal es, en esencia, la ausencia del bien. El poder en Venezuela ha podido manipular los tiempos políticos y desactivar mesas de diálogo, pero ha fracasado en su intento de extirpar la reserva moral y la vocación de libertad de los ciudadanos. El bien resiste en el mismo suelo, y el agotamiento del modelo demuestra que su eficacia táctica ha tocado su umbral.
Siguiendo el principio de vencer al mal con el bien, la superación definitiva de este ciclo exige que cualquier proceso de transición se oriente hacia el despliegue de una auténtica Justicia Transicional, sustentada en tres dimensiones innegociables:
- El descubrimiento de la verdad: La memoria y la documentación rigurosa de los hechos son el antídoto contra la propaganda y las falsas promesas. Exponer la verdad histórica impide que el poder reescriba el pasado o manipule el presente.
- Un proceso reparador: Poner a las víctimas y al tejido social fracturado en el centro de cualquier acuerdo, garantizando que la justicia no se reduzca a un intercambio de favores políticos, sino a la restauración de la dignidad, la liberación irrestricta de todos los presos políticos y el retorno de la diáspora y los exiliados.
- Garantías de no repetición: Auditar minuciosamente el «ha hecho» del autoritarismo para diseñar un entramado institucional tan sólido y vigilante que haga imposible que futuras negociaciones sean utilizadas como trampas para adormecer los derechos del pueblo.
El epílogo de Nuremberg (2025) nos alerta sobre los peligros de la complacencia frente al poder. El pueblo venezolano y su dirigencia no pueden actuar como ranas adormecidas en la olla, ni tropezar por sexta vez con la misma piedra en una mesa de negociación. La pista de lo que el régimen puede hacer el 1° de agosto está escrita en lo que ha hecho en Noruega, Barbados, México y Roma. Solo con absoluta lucidez, firmeza estratégica y la determinación de no conceder más tiempo al autoritarismo, seremos capaces de transformar el aprendizaje de estos treinta años en la base inquebrantable de una república libre, justa y democrática que ofrezca oportunidades de progreso y desarrollo para todos.
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