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El príncipe moderno

Tomada de Acceso a laJusticia

Andrés Caleca

No existe lucha política sin partidos políticos, por lo menos desde la modernidad hasta nuestros días. No importa si el régimen imperante es una democracia, una dictadura de cualquier tipo, aún totalitaria, o cualquier otro régimen híbrido de esos que están en boga en el mundo de hoy. Siempre, la política, entendida como “la teoría y la práctica de las relaciones de poder”, será instrumentalizada a través del partido político; incluso en aquellos casos en los que el partido quiere presentarse ante los demás como antipartido, o en el de aquellas personalidades mesiánicas que pretenden encarnar en sí mismas la voluntad de determinado grupo “por la gracia de Dios o por la imbecilidad de sus seguidores”, como ya las caracterizó Gramsci hace 100 años. Esto lo supo Lenin y lo sabe Trump, aunque algunos distraídos analistas de nuestra realidad no se hayan enterado todavía.

     Por eso, de entre las múltiples crisis que confluyeron para hacer posible la tragedia venezolana, la crisis de los partidos políticos fue determinante. El divorcio entre la base social de apoyo y los partidos tradicionales, sus símbolos, sus dirigentes y su entramado organizativo, provocó a finales del siglo pasado el tipo de catástrofe institucional que da origen a la anarquía, a la violencia y al surgimiento de “soluciones” representadas por hombres providenciales o carismáticos tipo Mussolini, pero que en nuestro caso encarnó Hugo Chávez y hoy esa especie de cesarismo santero que es su legado.

     Esa debacle de nuestros partidos históricos persiste hasta hoy. No ha sido posible recuperarlos y quizás nunca lo sea; pero tampoco han sido consistentes los intentos de crear nuevas estructuras que los suplanten. Entre otras razones por la acción depredadora del entramado social y político preexistente al chavismo, ejecutada con eficiencia inusitada por parte de la camarilla que controla al país con el soporte de sus asesores extranjeros; pero también porque los errores insoslayables que hemos cometido quienes nos oponemos a ella, entre los cuales el inmediatismo, la subestimación del enemigo, el desconocimiento y la perplejidad ante los cambios ocurridos en la sociedad venezolana, los erráticos diseños estratégicos, la escasa dedicación organizativa y la desunión, han sido determinantes.

     No existe ninguna posibilidad de enfrentar con éxito las vicisitudes del poder político (éstas que padecemos, ni ninguna otra) si no se cuenta con una estructura de sociedad compleja capaz de expresar la voluntad colectiva, y esa estructura no es otra que el partido político. Por ello, la tarea del momento para la oposición venezolana, no puede ser otra que replantearse la urgencia de construir el organismo partidista que la haga capaz de continuar en la lucha, alcanzando cada vez cotas más altas, porque de lo contrario se consolidará en Venezuela un régimen totalitario por muchas décadas.

     Un partido, o una coalición orgánica de partidos, que tenga como programa de mínimos para alcanzar la más amplia unidad posible, la lucha por el establecimiento de la democracia en nuestro país. Ese concepto del gobierno y de sociedad democrática, de hombres libres e iguales, que anida en el inconsciente colectivo de los venezolanos desde el propio inicio de la república. Capaz de definir su acción como herencia y solidaridad con las luchas de miles de venezolanos anteriores a nosotros que dieron su tiempo, su talento y hasta su vida para alcanzar la democracia, sin que ese objetivo sea visto como imposición de ningún Estado o fuerza política foránea, más allá de la universalidad del concepto.

     Un partido que sea un organismo vivo, capaz de indagar cuál es la realidad actual de la sociedad venezolana, su estructura social, su infraestructura productiva, el nuevo tejido nacido después del caos destructivo de 20 años de régimen chavista, para poder acertar en el diseño de una estrategia exitosa y sus acciones tácticas consecuentes. Una estrategia que dado el carácter represivo, militarista y la vocación totalitaria de la claque gobernante, posiblemente solo podrá desarrollarse en el contexto de la lucha de masas, hasta que “la cólera popular se exprese en forma tan avasallante que ya no puedan detenerla las bayonetas”, como escribió en su oportunidad Rómulo Betancourt.

     Una formidable maquinaria de producir dirigentes en todos los niveles, en todos los sectores y en toda la geografía nacional, para garantizar la victoria y también para prevenir las derrotas, que muchas hemos sufrido y seguramente otras sufriremos en el futuro. Un equipo disciplinado, compacto y coherente, con un sólido liderazgo actuando en medio del pueblo disperso y herido, como portaestandarte de una propuesta intelectual y moralmente superior a la que balbucea quien hoy ejerce el poder. Capaz de concatenar la protesta y la indignación práctica de miles de venezolanos que cada día claman por sus derechos más elementales, para transformarlas en voluntad política para la toma del poder, barrer al régimen existente y sentar las bases de un futuro promisorio para todos.

     Es en este contexto que la unidad, la reflexión estratégica y la diversidad de tácticas asociadas a ella, tendrán un sentido coherente. La decisión de participar o abstenerse en un evento electoral, por ejemplo, cobra un nuevo sentido si se considera en función de las múltiples oportunidades que un proceso electoral determinado ofrece para la construcción del partido, la difusión de su mensaje, la confrontación con el enemigo, la formación y promoción de liderazgos, más allá del cálculo de posibilidades del triunfo coyuntural. Porque la estrategia tendrá posibilidades de éxito, solo si se considera para el mediano y el largo plazo, porque como se ha dicho otras veces, ésta, nuestra lucha, será larga y cruenta, sin atajos ni milagros. Nuestro éxito será hijo de la constancia, del esfuerzo, de la inteligencia, del trabajo, del sacrificio y de la voluntad colectiva del Príncipe Moderno: el partido (o la coalición de partidos) indispensable para alcanzar la victoria.

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