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Desdemocratización en Venezuela (XVIII): Las señales que no se querían ver en 1988

Tomada de Twitter

Andrés Cañizález

Venezuela vive con preguntas cíclicas y problemas de fondo sobre los cuales la sociedad da vueltas de forma intermitente. Uno de estos temas, que aparece cíclicamente, es el relacionado con la participación electoral, especialmente en momentos de crisis. La interrogante: ¿Vale la pena votar?, esa que se han hecho millones de venezolanos en tiempos recientes, era la misma que se formulaba un agudo periodista político en las semanas previas a las elecciones de diciembre de 1988, en las que triunfó Carlos Andrés Pérez, para un conflictivo y truncado segundo período presidencial (1989-1993).

En este artículo de análisis y prospectiva al que hemos hecho referencia, de hace 33 años, el ya fallecido periodista político Leopoldo Linares, una destacada pluma de El Nacional, escrudiñaba en el estado de ánimo del venezolano, también agobiado por la crisis económica y la conexión de este ciudadano de a pie con el momento electoral.

En el ambiente se evidenciaban diversas señales de crisis profunda. Para el venezolano de a pie, el sistema democrático había dejado de ser sinónimo de bienestar económico general y de progreso material individual. En realidad, el modelo democrático de 1958 hacía aguas, pero la clase política tradicional no quería abordar seriamente la necesidad de reformas, tal como se reclamaba desde diversos ámbitos de la sociedad.

El tono de la campaña previa, como suelen serlo las campañas, era de populismo. Con CAP volvería la gran Venezuela. La desdemocratización a la que hemos venido haciendo referencia en estos artículos, ya comenzaba a carcomer al modelo, después del llamado “Viernes negro”, la primera e histórica maxidevaluación de la moneda que se vivó en el país el 18 de febrero de 1983. En los años siguientes, desde el poder político se jugó a correr la arruga como se dice popularmente en Venezuela.

Una vez reelecto Pérez, llevó adelante un amplio plan de ajuste económico. No era lo que esperaba la población después de una campaña electoral en la que se prometía el regreso a una época de bonanza. Las señales no eran de crisis profunda, los venezolanos presenciaron lo que fue una fastuosa toma de posesión. La clase política no daba señales de austeridad y no parecía oír el clamor popular.

La estrategia electoral en 1988 intentaba conectarse con el maná de la década anterior. Tal como lo ha reseñado Víctor Salmerón, a mitad de los años 70,  Venezuela era un país en crecimiento, pujante, pero también una nación petrolizada que tenía en su interior el germen de futuros desequilibrios. La economía dependía en extremo de la renta petrolera, un recurso que no tenía que ser producido, solo extraído y repartido por un Estado que expandía su presencia velozmente, mientras que empresarios y trabajadores se organizaban para captar recursos.

Al enumerar los aspectos que incidían negativamente en el clima electoral de 1988, Linares señalaba: “se destacan la corrupción y la deuda externa que acogotan al venezolano, así como también los problemas sin solución en estos treinta años de democracia representativa, como son el desempleo, la salud, los deficientes servicios públicos y el aumento galopante del alto costo de la vida”. Aquello expuesto hace más de tres décadas, es también el clima que ha envuelto al país en diversos momentos de este siglo XXI.

Tres meses antes de los sucesos del Caracazo, de febrero de 1989, Leopoldo Linares sintetizaba: “el cuadro de la situación venezolana es bastante preocupante. Quizás la realidad no se aprecia en mayores proporciones porque, justamente, estamos inmersos en una campaña electoral. Por ejemplo, los expertos y conocedores del quehacer económico vaticinan que tanto el dólar como los precios se dispararán a partir del 5 de diciembre (un día después de las elecciones). Esto, unido a la ya baja calidad de vida que afecta al venezolano, seguramente llevará a las mayorías nacionales a un verdadero estado de desesperación”.

Aquel retrato de lo que se vivía en Venezuela era visto por periodistas y analistas, padecido por la población, pero la clase política tradicional seguía en un clima de fiesta electoral. No se querían ver las señales de la desdemocratización en marcha, no había ojos para ver que el sistema democrático comenzaba a flaquear.

Por aquella época desde el gobierno se descalificaban las advertencias de este tipo, que resultaron además muy comunes en la revista SIC, del Centro Gumilla. La dinámica electoral, además, potenciaba un gasto público ficticio en las postrimerías del gobierno de Jaime Lusinchi (1984-89), que unido al discurso de Pérez, que omitía por completo la necesidad de ajuste, y al contrario, potenciaba la imagen de su primer gobierno, de la “Gran Venezuela”, terminó generando expectativas de una bonanza económica que no tenía cómo llevarse a cabo.

Finalmente esta esperanza de cambio se rompió y todo desembocó en hacer trizas la tradicional luna de miel con la que cuentan los gobiernos después de unas elecciones. Pérez asumió como presidente el 2 de febrero de 1989 y antes de que terminara aquel mes se registraba el Caracazo.

Sin ser profeta del desastre, Linares precisamente vislumbraba un escenario postelectoral plagado de dificultades por la crisis económica. Crisis que en medio de la campaña golpeaba ya a millones de venezolanos, pero que la fiesta electoral y “democrática”, sencillamente obviaba.

Al hacer un balance de la campaña y las votaciones, que tuvieron lugar el 4 de diciembre de 1988, Heinz R. Sonntag sostenía que “lo único no esperado, al menos por los políticos de AD y COPEI”, había sido el alto volumen de abstención. Más del 20 por ciento del padrón electoral de entonces no acudió a las urnas, “superando las cifras tradicionales en alrededor de diez puntos”. A juicio de este destacado académico, fallecido en 2015, “se reflejó un descontento de una parte del electorado, tanto con el régimen democrático, en especial su extrema partidización, como con la forma de la campaña”. No hay indicios de que la clase política leyera correctamente esta señal.

Justamente en noviembre de 1988, el entonces director del Centro Gumilla y hoy General de la Compañía de Jesús, Arturo Sosa, advertía en un artículo: “No cambiemos votos por barajitas”, y sencillamente llamaba a votar conscientemente a los venezolanos y evitar caer en las trampas del populismo. Llamados de este tipo no tuvieron, entonces, impacto en la opinión pública. La sociedad tampoco parecía interesada en que se hablara de los problemas que nos esperaban.

Fuentes:

Linares, Leopoldo (1988) “¿Vale la pena votar en diciembre?”. En: SIC. Vol. 51. N° 509. pp. 388-390. Caracas: Fundación Centro Gumilla.

Salmerón, Víctor (2013) “De la euforia al Viernes Negro, un fragmento de Petróleo y desmadre”, En: Prodavinci, texto en línea: https://historico.prodavinci.com/2013/11/12/actualidad/de-la-euforia-al-viernes-negro-un-fragmento-de-petroleo-y-desmadre-de-victor-salmeron/

Sonntag, Heinz (1989) “Venezuela: La vuelta de Carlos Andrés Pérez”. En: Nueva Sociedad. N° 99. pp. 18-23. Caracas: Fundación Friedrich Ebert.

Sosa, Arturo (1988) “No cambiemos votos por baratijas”. En: SIC. Vol. 51. N° 509. pp. 391-393. Caracas: Fundación Centro Gumilla.

@infocracia

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