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Pretorianos

Tomada de ContraInfo.com

Andrés Caleca

Toda nuestra historia republicana ha estado inmersa en el evidente dilema que significa la relación entre civiles y militares por el control del poder del Estado.

 La cruenta guerra de independencia en el territorio de lo que hoy es Venezuela, para algunos la más mortífera y destructiva de cuantas se llevaron a cabo en el continente, dejó como resultado una naciente república sin instituciones civiles, sin tejido social, sin andamiaje productivo; un inmenso descampado de desolación humana y material, en el cual solo el ejército libertador tenía la capacidad de garantizar la supervivencia de la nación. Por la vía de los hechos y de la necesidad, su predominio, el de sus prohombres, generales y caudillos sobre el Estado, la sociedad y la “política”, fue la constante hasta mediados del siglo XIX, cuando la desmovilización, el tiempo y, sobre todo, el desastre general que fue el reinado de los Monagas, terminó con los últimos vestigios de alguna existencia real de una estructura militar centralizada y capaz de ejercer dominio en todo el territorio.

 Venezuela queda a merced de los caudillos y sus ejércitos particulares, y en esa situación se enfrenta a su segunda gran destrucción, la terrible Guerra Federal de 1859.  Pese a los intentos tardíos en infructuosos del general Páez, el predominio de los caudillos menores -incluyendo a Guzmán Blanco- y sus alianzas, como si de acuerdos entre tribus se tratara, marcan la segunda mitad del siglo, hasta la muerte del último gran caudillo, Joaquín Crespo, en Mata Carmelera.

Con el siglo XX y de manos de los andinos de Castro y Gómez, llega la posibilidad real de reconstruir, o mejor dicho, construir, un ejército nacional capaz de ejercer control territorial, imponer el orden interno y defender la soberanía. Pero el intento y su materialización, serán mediatizados por el interés supremo del dictador en mantener su poder personal. El programa es claro: “Gómez Único” y el ejército comienza a construirse como una institución pretoriana, en el sentido académico del término. Se dan los pasos necesarios para su organización, para la dotación adecuada al contexto histórico y se crea, sobre todo, la academia militar para la formación de oficiales y las escuelas de aplicación para mejorar las capacidades de la oficialidad precedente, pero el contenido y la forma de la institución resultante fue la de consolidar, proteger y perpetuar el poder político de Gómez hasta su muerte y más allá de su existencia.

Es de esa institución gomecista, para definirla en términos venezolanos, que es heredera la Fuerza Armada Nacional de nuestros días y no del Ejército Libertador de Bolívar.

 Por supuesto, mucha agua ha corrido debajo de los puentes desde entonces y la institución ha dado origen en su seno, desde las aulas de su Academia Militar, en el contacto con la realidad política y social circundante, como consecuencia de las luchas y reivindicaciones de la sociedad civil venezolana y en particular, de sus partidos políticos, de lo que podemos considerar una corriente de militares de orientación profesional, de convicciones democráticas modernas, que fueron protagonistas del fin del régimen gomecista, de la lucha de resistencia ante la dictadura perezjimenista y soporte del experimento de república civil que tuvo lugar en nuestro país entre 1958 y 1998.

 Pero la tendencia militarista, pretoriana, para decirlo con rigurosidad (Irwin. Relaciones Civiles-Militares en el Siglo XX. 2000), ha dominado la realidad venezolana desde los inicios del siglo XX hasta hoy. Aún en las 4 décadas de república civil, las conspiraciones de los sectores pretorianos fueron constantes, no cesaron jamás y adquirieron formas y características novedosas (Peñalver. La Conspiración de los 12 golpes. 2016). Incluso inmediatamente después del derrocamiento de la dictadura perezjimenista, en fecha tan temprana como 1960, ya se produce el primer intento de golpe encabezado por el general Castro León.

 Una novedad insólita,  es la alianza antinatura que comienza a gestarse entre los rezagos del gomecismo y del perezjimenismo en el estamento militar y la izquierda subversiva. Una alianza que va tomando fuerza por distintos caminos, incluso el de la penetración planificada de la Fuerza Armada, a lo largo de las décadas del 60, 70 y 80, hasta los golpes fracasados del febrero y noviembre de 1992.

Hoy gobiernan Venezuela, coludidos, los despojos estalinistas de esa izquierda borbónica, como la llamó una vez Petkoff, y los herederos de los choperos que llegaron de Los Andes a principios del siglo pasado.

Derrotar al régimen autoritario en Venezuela supone un ingente esfuerzo de organización, movilización, agitación, propaganda y todos los elementos propios de la lucha política, pero también la comprensión de la realidad militar, la definición y difusión de una doctrina militar democrática adecuada a las realidades geopolíticas del siglo XXI, el diseño de una política para la Fuerza Armada, capaz de alcanzar la conciencia de sus integrantes, despertar y alentar a la corriente de militares profesionales, modernos, demócratas y honestos que aún persiste, pero que está hoy subordinada por la fuerza de los hechos y bajo una feroz represión.

Esta es una tarea pendiente, insoslayable y definitiva de la oposición democrática venezolana, porque de la transformación de nuestros soldados, de pretorianos a militares, dependerá el futuro y la prosperidad de la nación.

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