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Nacionalismo y populismo (II)

Tomada de RTVE.es

Nelly Arenas

Como se dijo en la primera parte de este trabajo, el laboratorio nacionalista y populista no  es patrimonio exclusivo de América Latina, aunque nuestra región exhiba las más notables marcas en esta categoría. Ciertamente,  la combinación  nacionalismo-populismo ha venido haciéndose presente en algunos países europeos como Hungría, Polonia, España, entre otros,  así como  en Estados Unidos con el trumpismo y en Brasil con el bolsonarismo.     

En el texto que sigue comentamos principalmente  tres experiencias: la de Hungría, la de Polonia  y la de Estados Unidos.

Los nacionalismos actuales se han  reactivado de la mano de líderes populistas como  Viktor Orbán, primer ministro de Hungría quien, en una demostración de agresivo nacionalismo, anunció en 2015 la construcción de una barrera de 175 kilómetros a lo largo de la frontera sur con Serbia. La valla fue fabricada añadiéndosele 40 kilómetros a lo largo de los linderos con Croacia; se la cubrió con alambre de púas y una corriente eléctrica de 900 voltios.  “Nunca permitiremos que Hungría se convierta en un país objetivo de inmigrantes. No queremos minorías con culturas y antecedentes diferentes entre nosotros. Queremos mantener a Hungría como Hungría”[1], ha sentenciado Orbán. En Polonia, con el partido gobernante desde 2015 Ley y Justicia, cuyo jefe máximo,  Jaroslaw Kaczynski, ha desplegado una acendrada política de defensa de la identidad cultural y religiosa.  En un delirio de patriotismo económico el régimen polaco se   ha planteado prescindir de las inversiones extranjeras y “repolonizar” la economía del país. En una palabra, retornar  a la autarquía. Como si tal cosa fuese posible.

La campaña electoral de Trump en 2016 con su “Make  America great again”, replicando el estilo de Putin, quien se hizo del mando con la oferta de conducir a Rusia de nuevo a la grandeza imperial,  nos informó de un fenómeno político, el nacionalismo populista, que se extendía como una mancha de aceite sobre el planeta. 

En 2018  Trump se reconoció, pública y orgullosamente, como nacionalista pidiendo a la gente usar esa palabra: nacionalista. La filosofía de Trump es el nacionalismo, ha indicado Avik Roy (2016)[2].  Esta filosofía involucra una percepción de la política que sitúa a la solidaridad nativista[3]  por encima de todas las demás prioridades; una economía nativista enfrentada al comercio exterior; una cultura nativista que rechaza la inmigración así como una política exterior nativista que apostó por el aislacionismo de los Estados Unidos, subraya Roy.

Trump perdió la batalla electoral en noviembre de 2020 y son escasas sus posibilidades de regresar a la Casa Blanca. No obstante, como movimiento sociopolítico,  el trumpismo no se diluirá tan fácilmente dadas las dinámicas estructurales que gobiernan la vida de nuestros días, referenciadas en la primera parte de este texto.

 Viktor Orbán en Hungría, Jaroslaw Kaczynski en Polonia o Donald Trump en Estados Unidos, así como otros líderes de este género, han podido apelar a distintas modalidades del relato populista, pero todos ellos aparecen enlazados por un elemento que se repite invariablemente: un nacionalismo excluyente. Un nacionalismo que va más allá de los conocidos por las  últimas generaciones al fabricar un discurso en el cual los inmigrantes, la comunidad feminista o la LGBTI, aparecen poniendo en riesgo la homogeneidad cultural de la nación. Ya no es solo la  raza distinta a la propia, sino las preferencias sexuales de algunas minorías o el movimiento femenino batallando por los derechos de las mujeres, los que figuran como enemigos a combatir en nombre de la pulcritud nacional.  Con ello se reproduce el mito de la construcción de la identidad nacional en una sola dirección, sin variaciones ni matices, como ha sostenido Clara Roig (2018)[4].  Así, por ejemplo, la cámara municipal del católico pueblo de Krasnik en Polonia, prohibió en 2019 la estadía de personas homosexuales declarándose como el “primer territorio libre de LGBTI”. Otras ciudades polacas ya habían tomado previamente similares medidas gozando del respaldo tanto del partido de gobierno como de la iglesia católica.

Nacionalismo populista iliberal

Las anteriores son muestras de un nacionalismo iliberal y anti cosmopolita que se esfuerza por tomar distancia de una sociedad liberal, democrática y abierta como la occidental. A pesar de todas sus falencias, es en esta donde han germinado y prosperado lo que Ronald Inglehart y Christian Welzel[5] han llamado “valores de la autoexpresión”.  Entendidos los mismos como aquellos que reclaman plena autonomía de la persona en su elección con respecto a  su conducta social, sexual, religiosa o política.

La democracia liberal ha llegado a su fin, ha declarado Viktor Orbán.  Y es que en Europa central los nuevos gobiernos nacionalistas ven al liberalismo como el enemigo de la autodeterminación nacional. El motivo de este rechazo debe buscarse en el hecho de que el internacionalismo liberal ha intentado integrar algunas de sus ideas fundamentales en la legislación internacional, como por ejemplo los derechos de los refugiados, la independencia de los tribunales o la libertad de comerciar o invertir. Para Orbán, por ejemplo, esta institucionalización es inadmisible pues limita la capacidad de los gobiernos nacionales para introducir cambios radicales como ha señalado el periodista británico Gideon Rachman (2019)[6].

Los fuertes reproches de la Unión Europea (UE) a Orbán a propósito de las leyes homofóbicas que su partido hizo aprobar en el Parlamento de Budapest, revelan la determinación de este organismo de impedir que prosperen comportamientos  contrarios el espíritu respetuoso de los derechos humanos y el Estado de derecho que lo distingue. De “vergonzosas” ha calificado estas leyes  Ursula von der Leyen,  presidenta de la Comisión Europea.  La amenaza de impedir al gobierno húngaro el disfrute de los fondos financieros provenientes de la UE,  promete ser  un disuasivo de conductas aberradas como la del régimen de Orbán.  Sin embargo, esto no puede darse por seguro  todavía.   Entre tanto, una decena de partidos de la derecha populista europea se han coaligado para reivindicar las “inviolables competencias” de los estados miembros y enfrentar a la “oligarquía” que comanda a la Unión Europea la cual, según esas organizaciones, aspira a crear un “superestado” en el que no tienen cabida ni las “tradiciones” ni los “principios morales”.    

En Europa, las diferentes expresiones de populismo, sean de izquierda o de derecha, se emparentan en cuanto a sus críticas a la política y  la execración de las instituciones de Bruselas. La exaltación del sentimiento soberanista y la convocatoria a formar “una simple Europa de naciones”, se comportan como un denominador común entre ellos, observa Pierre Rosanvallon (2020: 91)[7]. A ambos tipos de populismo los identifica también   la proximidad al régimen autoritario de Putin.

 Obviamente el registro de nacionalistas populistas no se agota ni mucho menos en los nombres señalados. Marie Le Pen en Francia, Rodrigo Duterte en Filipinas o Narendra Modi en la India, son algunos de los populistas que integran el elenco de líderes en el mundo, cuyos gobiernos se  orientan por un nacionalismo repulsivo.

Los nuevos nacionalistas califican a sus enemigos como “globalistas”, tal y como si los mismos formaran parte de una confabulación universal,  urdida en contra de sus naciones amenazando su pureza e interponiéndose en el camino hacia su grandiosidad. Pero, sobre todo, confiscando su orgullo moral y su sagrada soberanía.  

Estos noveles liderazgos han sido etiquetados como de “derecha radical populista”.  Sin embargo, para el caso de Europa, Takys Pappas[8], un experto en populismo de la Universidad de Helsinki, señala que este funciona como  un concepto “ómnibus”. Un concepto que encubre diferencias sustanciales entre distintos frentes políticos que amenazan la democracia europea y retan los principios sobre los cuales se cimenta la UE. El autor distingue entre antidemócratas, nativistas y populistas, expresiones políticas diferenciadas que ameritan estudios empíricos específicos. Los antidemócratas hacen presencia tanto en la derecha como en la izquierda extremas. El primer grupo propugna ideologías ultranacionalistas y, por supuesto, asume contundentes posiciones en contra de los flujos migratorios. Independientemente si son de izquierda o de derecha, todas las organizaciones de este grupo se oponen al capitalismo y al mercado abierto. Hacen una llamada, en el caso de la derecha, para que el Estado alcance autosuficiencia económica nacional y, en el caso de la izquierda, para que se conforme una economía colectivizada de naturaleza estatal.  Por su parte, el nativismo europeo, en franco ascenso gracias a las recientes y masivas olas migratorias, tiende a confundirse con el populismo  pero, a diferencia de éste, el nativismo no actúa contra el liberalismo político. Su leit motiv es la oposición a la inmigración y al multiculturalismo; este último, principio fundacional de la institución europea. El populismo apunta directamente a su polo negativo, el liberalismo político; de allí que sea siempre democrático pero no liberal.  El populismo constituye el desafío más amenazante a la Unión Europea, concluye Pappas.

Aprovechando  el razonamiento de Takys Pappas, conviene recordar aquí que los populismos desdeñan las mediaciones institucionales, la división e independencia de los poderes, dándole preferencia a los mecanismos de democracia inmediata, como los plebiscitos y referéndums. Las instituciones y procedimientos de la democracia liberal representativa son concebidos como impedimentos para que se manifieste la voluntad popular resumida en el líder.  

Coincidiendo con Pappas, Fernando Mires (2021)[9] considera que “ultraderecha” o “derecha populista” son denominaciones insuficientes, tomando partido por la de nacional populismo.  Mires refiere un conjunto de casos en los cuales el populismo puede aparecer como adjetivo del sustantivo nacional; es decir, como subordinación de lo populista a lo nacional. En esta perspectiva, estaríamos hablando de un  nacionalismo identitario  inferido de una etnia, una raza, un color de piel, en línea similar a la de los fascismos del pasado. El trumpismo en Estados Unidos y VOX en España, partido que también replica el llamado a hacer grande otra vez a la nación que encontramos en Trump y Putin son, a nuestro modo de ver, dos magníficos ejemplos. A la inversa, los populismos nacionales, son primero populistas y luego nacionalistas. Se expresan en el campo de la izquierda, y están representados básicamente por Chávez en América Latina y por Podemos en Europa.  En nombre de la democracia total los nacionalistas, tanto en su formato de izquierda como de derecha, procuran hacerse del poder total, remata Mires.

Ambas aproximaciones, tanto la de Pappas como la de Mires, contribuyen al trabajo de reconocimiento y discusión del fenómeno populista y nacionalista en estos tiempos de globalización y de crisis de la representación política.

 A pesar de que el nacionalismo no es un valor que esté inscrito en los genes de la humanidad, como se ha dicho, el vacío generalizado de referentes sociales, culturales y políticos, así como la pérdida de peso de las economías nacionales y la centralidad que ocupaba el individuo en el sistema económico industrial, parecieran explicar su vuelta. Con él, los líderes populistas intentan clausurar las puertas de sus naciones replegándolas sobre sí mismas.  Aquí reside, tal vez, la clave para entender lo  que se ha dado en llamar “perdedores de la globalización” (desempleados, asalariados precarizados, jóvenes sin perspectivas laborales). A estos interpeló Trump en los Estados Unidos  con su discurso nativista.

Contra la hipótesis de Gellner de que mayor desarrollo industrial junto con la riqueza que este trae aparejada, podría hacer posible la disminución de las tensiones nacionalistas por motivaciones étnicas, llama la atención su persistencia. La causa la avizoró el mismo Gellner (1997)[10] al prever que  flujos de trabajadores inmigrantes, (sin imaginar la magnitud de los actuales ni  los numerosos refugiados) desataría agresiones xenófobas. Justo como las que se han  desencadenado en varios países de  Europa,  occidental y central.

Pero el discurso populista también aparece teñido de  sexismo y  homofobia, y a la maniquea visión del pueblo y su enemigo permanente; los ricos, los apátridas, los corruptos,  se le suman ahora nuevos elementos que amplían y reactivan la dimensión moral  que intrínsecamente  posee el populismo. Los desafíos que tanto el nacional populismo, como el populismo nacionalista, entrañan para el pluralismo democrático y las libertades individuales en el mundo no deben  pasar desapercibidos.   

Nacionalismo y populismo (I)


[1] BBC Mundo . 18 de abril de 2018. Quién es Víktor Orbán, el ultranacionalista primer ministro de Hungría que cree que Europa está siendo invadida por los inmigrantes . www.bbc.com.

[2] Roy Avik , 5 de mayo de 2016, Nacionalismo, el factor clave de la candidatura de Trump disponible en www.forbes.com.mx

[3] El nativismo, en este caso de tipo político, se entiende como el rechazo tenaz a minorías extranjeras cuya presencia se considera amenazante para la identidad y seguridad de la nación. De allí que las políticas nativistas se opongan severamente a las corrientes inmigratorias, así como a la acción pública que pueda favorecerlas.   

[4] Roig, Clara, 31-12-2018,  Nacionalistas y populistas: una radiografía de la extrema derecha, disponible en www.lavanguardia.com

[5] Inglehart, Ronald y Welzel Christian  (2006) Modernización, cambio cultural y democracia. La secuencia del desarrollo humano, Madrid.

[6] Rachman, Gideon, 17-12-2019 Cómo se está forjando un nacionalismo liberal en tiempos del Brexit, disponible en www.cronista.com

[7] Rosanvallon, Pierre (2020) El siglo del populismo,  Galaxia Gutenberg, Barcelona.

[8] Pappas, Takys (14-07-2018) “Tres desafíos para la democracia en Europa: antidemócratas, nativistas, populistas, Revista latinoamericana de política comparada,vol. número 14.

[9] Mires, Fernando (18-01-2021) Nacional populismo o el asedio a la democracia, disponible en www.polisfmires.blogspot.com

[10] Gellner, Ernest (1997) Condiciones de la libertad. La sociedad civil y sus rivales.  Paidós, Barcelona.

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