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Sobre “la narrativa” de la sociedad democrática frente al chavismo

Tomada de Tal Cual

Alonso Moleiro

En foros ciudadanos, encuentros académicos, conversaciones entre periodistas, e incluso entre los propia militancia partidista, es harto frecuente recoger como diagnóstico que la Oposición y la sociedad democrática venezolana “no tienen un proyecto orgánico de país”,  o “no tienen una narrativa”, para ser presentada a la población en contrapartida al chavismo

No habría, de acuerdo a esta conseja, un modelo de desarrollo alternativo,  una interpretación cabal  sobre el actual devenir venezolano, un discurso sobre las causas de la crisis,  o un camino viable, una proposición con relato histórico, para ser presentada a la población como una una alternativa frente a la hegemonía revolucionaria actual.

Las quejas sobre la presunta “falta de narrativa” en las fuerzas democráticas  se han convertido en una frase de moda en algunos puntos álgidos de la tensión política que ha tenido que vivir estos años la nación.

Por supuesto que es esta una afirmación discutible y que descansa sobre varias simplificaciones, pero es importante no dejarla pasar por alto y rebanar adecuadamente su contenido para poder identificar el meollo del problema.

La narrativa chavista

Un diagnóstico sobre las insuficiencias del relato de la sociedad democrática venezolana frente a la población nos exige reconocer que, desde su llegada al poder, Hugo Chávez construyó todo un lienzo simbólico del régimen que estaba perfilando, y que su contenido fue asumido como propio por muchas personas en el país –incluso los contenidos simbólicos-, además de propalado con una innegable eficacia.

La “narrativa” chavista, que recoge y le coloca un nuevo contenido a parte de la mitología popular venezolana en política, ha tenido una gran influencia en el hecho público nacional de lo que va de siglo XXI, y ha podido darse varios baños de legitimidad en la misma medida en la cual el chavismo prolonga su presencia en el poder, por las buenas y por las malas. Hoy ha colonizado por completo el pensamiento de las Fuerzas Armadas.

La famosa “quinta república” hace una interpretación antojada y unilateral de la historia venezolana, pero logra diferenciarse con claridad meridiana del modelo político que heredaba, produciendo una ruptura que se expresa cotidianamente en la polarización política que vive hoy Venezuela.

La autocracia chavista ha seleccionado sus influencias para desarrollar un modelo de dominación de carácter mixto,  en el cual queda sin efecto el pacto democrático,  con elementos consultivos, fundamentado en algunos insumos liberales de carácter estético, y  que hace propios  aspectos interpretativos del marxismo venezolano en su diagnóstico económico. Un proyecto de poder que se afinca en dotar de una nueva identidad al pensamiento militar para salvaguardar su hegemonía.

Desde el propio golpe del 4 de febrero de 1992, el chavismo ingresó a la política venezolana con una identidad inconfundible: una naturaleza cívico militar y una técnica para proceder frente a sus adversarios en la cual se alterna el lenguaje armado con fórmulas persuasivas y los llamados a negociar.

La narrativa chavista ha sabido escoger con coherencia sus efemérides, ha bautizado a los poderes del Estado con su propio apellido, ha adulterado el escudo nacional y colocado una estrella adicional a la bandera del país.  El  chavismo ha decidido que admira y reivindica a Bolívar, a Zamora, a Sucre, a Simón Rodríguez, a  Cipriano Castro, y con esos motivos ha sabido tomar distancia de Páez, de Vargas,  de Andrés Bello, de Guzmán,  de Gómez, de los gobiernos de la democracia y de la “república oligárquica”.

Tendríamos que reconocer, entonces, que detrás del estilo pertinaz, insoportable, conflictivo y charlatán que le hizo célebre, en Hugo  Chávez podemos identificar un auténtico fenómeno político, que dotó a su corriente de unos estilos y unos objetivos, y que tuvo siempre una enorme claridad estratégica en su proceder.

Un caudillo que, si bien era despreciado y rechazado por una parte importante del país, tuvo entre sus seguidores un don de mando que no había sido visto en Venezuela en muchas décadas.  Una autoridad que no estaba fundamentada en el miedo policial o el pánico frente al poder, sino en una genuina actitud postrada y de respeto.

El relato opositor

No ha existido nunca en la acera opositora un liderazgo tan abarcador e hipertrofiado como el de Chávez en este tiempo, y eso ha dificultado el objetivo de licuar un discurso compacto y consensuado como alternativa,  con perspectiva histórica, con unas claves que sean identificables para la población.  Por supuesto que sí existe, pero la “narrativa” de la Oposición venezolana ha sido más débil que la chavista desde el inicio mismo de la polarización, en 1999.

El país, las Fuerzas Armadas en particular, no han querido comprender del todo las verdaderas intenciones de los partidos democráticos, y siempre será una obligación un esfuerzo adicional por hacerse entender.

La muerte del único experimento democrático-liberal venezolano no fue lamentada por mucha gente en Venezuela. El fracaso del régimen del Pacto de Punto Fijo hizo ingresar a Acción Democrática y Copei,  los partidos que lo sostenían,  en una prolongada decadencia,  y fue muy cuesta arriba construirle un discurso con un balance justo a los años de la democracia –de lejos, los mejores años de la vida republicana del país en su historia.

Las formaciones políticas de relevo en la Oposición, llamadas a sustituir la hegemonía de los partidos del puntofijismo,  nacieron en la incubadora de la Constitución de 1999.   Los liderazgos del campo democrático en este tiempo –Salas Romer, Rosales, Capriles, López, Guaidó—han concitado la atención y el respaldo temporal de muchas personas, pero estos se han desbaratado luego de cada fracaso, conforme cesan las citas electorales y prescribe el objetivo de la convocatoria. Los liderazgos opositores siempre han atendido al impulso primario de fagocitarse, y con ellos sus narrativas. La Oposición logra unirse, pero no está unida.

Los objetivos y valores de las fuerzas sociales y políticas de la Oposición, y el tipo de sociedad que su liderazgo tiene concebida, sin embargo, están mucho más a la vista de lo que algunos admiten. La narrativa de la democracia y el anhelo por su regreso ha ido carburando por cuenta propia en la mente y el corazón de muchísimos ciudadanos, y puede respirarse como una sensación compartida en todas las concentraciones opositoras de este tiempo. Lo que no hemos tenido han sido dirigentes capaces de traducirlas políticamente en una idea-fuerza con la eficacia lograda por Chávez en el bando adversario.

La narrativa opositora encuentra fundamento en varios esfuerzos programáticos de enorme mérito en el tiempo reciente, hoy huérfanos a causa de la ausencia de victorias y de una dirigencia que los interprete correctamente.  En estos años se han diseñado varios programas de gobierno que resumen en general  la aspiración de una transición política en paz,  consensuados, producto de consultas muy amplias con la sociedad civil y el país nacional. Diseñados para proponer un nuevo modelo de desarrollo y un nuevo contrato social con la población.

Una lectura gruesa de “las 100 soluciones para la gente” de los años de Ramón Guillermo Aveledo; del plan de gobierno de Henrique Capriles, o del más reciente “Plan País”,  permitiría a cualquiera tener a la mano un bosquejo de aquello que proponen quienes se oponen al discurso bolivariano-revolucionario.  En estos proyectos se ha expresado el país completo, la sociedad nacional.

¿Cuál es, entonces, el  “proyecto de país” opositor –ese que, de acuerdo a lo que afirman algunos, no existe— ?   

 La sociedad democrática quiere rehacer el pacto político como criterio republicano y consolidar la alternabilidad en el mando; postula el repliegue de la influencia de los militares en la administración pública y el regreso a su esfera profesional; propone un proyecto descentralizador que fortalezca la autonomía política de los estados y dinamice el pluralismo político.  

Plantea un modelo de desarrollo fundamentado en la economía de mercado, con un sistema de medios totalmente autónomo, con vida parlamentaria activa y poderes públicos autónomos en pleno funcionamiento. Una sociedad en la cual se fomente el capital nacional y se establezca un equilibrio adecuado con el Estado promotor y defensor de las garantías sociales.

El chavismo es revolucionario. La Oposición es reformista. El chavismo es militar. La Oposición es civil. El chavismo es estatista. La Oposición postula un modelo mixto-empresarial. El chavismo es centralizador. La Oposición quiere descentralizar. El chavismo cree en las comunas. La Oposición no.

El futuro estado democrático postchavista reivindica, en primer término, a su pariente antepasado, la democracia puntofijista, por haber consolidado los primeros grandes logros civiles y políticos del pueblo venezolano en su historia, y también los años de la transición de López Contreras y Medina, por su carácter precursor postdictatorial. El pensamiento democrático reconoce el papel de Bolívar como fundador de la identidad nacional, pero hace hincapié en el esfuerzo concurrente de otros venezolanos, y postula la promoción de héroes civiles en el mismo sitial, como Teresa Carreño, Juan Antonio Pérez Bonalde, Carlos Cruz Diez,  Armando Reverón, Rómulo Gallegos o Arturo Uslar Pietri.

Sobre este trazado en el cual converge la aspiración de casi todo el país han podido acordar en varias ocasiones las facciones opositoras que hoy se sienten “irreconciliables”.  El relato existe, pero no se usa.  No tiene traducción política. Sus interlocutores no lo han hecho bien.   Perdidos en la lectura de encuestas,  sin un conocimiento cabal de la historia de este país, cazando únicamente la oportunidad inmediata,  metidos en el relato de sus propios egos,  los líderes opositores tienen estos contenidos en sus narices y no los desarrollan adecuadamente para explicarse frente a la gente. Para ponerle a la lucha por la democracia carne y sangre en las venas.

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