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Con el triunfo talibán perdió la Humanidad

Tomada de 4pelagatos

Trino Márquez-@trinomarquezc

El triunfo de los talibanes en Afganistán y el ascenso de un régimen autoritario –vamos a llamarlo de esa forma ligera, por ahora- en ese sufrido país, hay que interpretarlo como un nuevo retroceso de la democracia, en un mundo que a partir de mediados de la primera década del siglo XXI comenzó a girar hacia modelos dictatoriales, luego de que la democracia había vivido una época de florecimiento y auge tras la demolición del Muro de Berlín, el colapso de la Unión Soviética y el final de la Guerra Fría.

No comparto la visión de los analistas que sostienen que con la victoria de los talibanes fracasó la democracia occidental, pues los países que conformaron la alianza que invadió Afganistán después de la destrucción de las Torres Gemelas, con el fin de vengar el atentado del 11-S y  acabar con los campos de entrenamiento levantados allí por Bin Laden, jefe de Al Qaeda, y otros grupos terroristas, no lograron establecer y consolidar un esquema político basado en las libertades civiles y en la delegación del poder  concedido por el pueblo a sus representantes a través del voto.

Si la derrota de Occidente se redujese al plano político institucional, la entronización de nuevo de los talibanes no sería tan grave. Los afganos, bajo la conducción de los nuevos líderes, tendrían la oportunidad y el derecho de buscar alternativas al modelo basado en la división de poderes y participación popular  ideado en Grecia hace más de dos mil años, y retomado y perfeccionado en  gran escala en algunas sociedades europeas a partir del siglo XVII, como respuesta al absolutismo monárquico.  

No es el ‘eurocentrismo’ o el ‘occicentrismo’ lo que ha sido aniquilado. En la Afganistán de los talibanes fue herida de muerte la Humanidad, la concepción humanista y las conquistas civilizatorias. Allí la rueda de la historia se detuvo otra vez y comenzó a retroceder de forma acelerada. El gabinete ejecutivo propuesto por los jefes talibanes no fue que les dio una representación minoritaria a las mujeres, sino que las excluyó totalmente del gobierno. Medio país no existe en la esfera relacionada con la toma de decisiones fundamentales para la nación. Las mujeres deben volver a usar de forma obligatoria ese infame y opresivo traje que es el burka. A las mujeres se les permite en algunos lugares del territorio afgano continuar asistiendo a las universidades, pero con el rostro cubierto y segregadas de los hombres. Las mujeres pasaron a estar excluidas y marginadas de toda competencia importante. Son un cero a la izquierda.

Los intérpretes de la ley no son jueces autónomos  que dirigen tribunales independientes, sino expertos en el Corán que interpretan el libro sagrado a su real saber y entender. Los jóvenes no pueden usar la ropa que les plazca y oír la música que prefieren, sino que deben someterse a los estrictos cánones fijados por la ortodoxia talibana. El disfrute del arte en sus diversas manifestaciones volvió a quedar suspendido. El cine, el teatro, la pintura, la literatura en prosa o en versos, otra vez pasaron a ser controlados por la rígida burocracia clerical.  El sueño de tener medios de comunicación  independientes y críticos, expresión de la fuerza popular, se esfumó. Contar con partidos, sindicatos, gremios y otras organizaciones civiles autónomas no será posible. El libre albedrío quedó sepultado.

Afganistán se encamina a convertirse en un inmenso cuartel sometido a los dictámenes de una cúpula con una concepción militarista y guerrista de la nación. Ahora el proyecto apunta a transformar los milicianos vencedores en el ejército regular.  Serán el big brother orwelliano. Todo tendrá que transcurrir ajustado a la interpretación de la Sharia que realice la cúpula de los estudiantes (talibán significa estudiante del Corán).

La separación clara entre el Estado y la religión -esa antigua conquista de Occidente, y de la Humanidad, que tantos beneficios trajo para alcanzar el progreso y el bienestar de las grandes mayorías- queda abolida de manera indefinida.  Afganistán –al igual que en el período 1996/2001- volverá a ser una gigantesca madrasa (escuela o instituto donde se estudia el Corán). Un Estado teocrático administrando una sociedad monacal en plena revolución del conocimiento.

Frente al drama civilizatorio que vive esa nación, especialmente las mujeres de todas las edades, la respuesta de algunos intelectuales y políticos está teñida de cinismo: la sociedad afgana debe generar sus propios cambios, dicen. Pero, cómo hacerlo si quienes se asentaron en el poder controlan todas las armas, poseen una visión fanatizada, lúgubre y cuartelaría de la vida social, e impedirán que se organicen los grupos opositores que podrían empoderar a la gente y proponer una opción más amable, inclusiva y laica de la nación.

Los talibanes se consideran  un grupo de iluminados cuya misión consiste en ser los guardianes de los designios de Alá y su profeta Mahoma. Lo más probable es que Afganistán vuelva a ser en poco tiempo el santuario de terroristas que, en nombre de esos mismos ideales,  pretendan sumir a Occidente en el caos.

El ascenso de los talibanes ha sido una derrota para la Humanidad. La convivencia con ellos no será sencilla.

@trinomarquezc

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