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La costa de las próximas elecciones presidenciales

Tomada de El Cronista

Alonso Moleiro

Aunque las fuerzas democráticas acuerden algún tipo de parámetro compartido para concebir una estrategia común en una consulta presidencial — que será necesario ya irse figurando–, las posibilidades de fracasar siguen siendo muy altas

La operación logística y política planteada será de una enorme complejidad, pero la convocatoria a unas elecciones presidenciales en 2024 inevitablemente va a obligar a las fuerzas democráticas a pactar algún tipo de estrategia para atender la cita, y esta circunstancia, quizás, se traerá al remolque el interés y la disposición del grueso de la sociedad nacional.

En lo inmediato, consignados los fracasos, luego de las elecciones regionales, y anotando todas las salvedades que estas trajeron consigo, lo único que tiene frente a sí la Oposición es la parte más seca en su tránsito en el desierto.

 Y aunque las fuerzas democráticas, hoy divididas en 5 facciones, acordaran algún tipo de parámetro compartido para concebir una estrategia común frente a una hipotética consulta presidencial — que será necesario ya irse figurando–, las posibilidades de fracasar siguen siendo muy altas.

Las fuerzas opositoras tienen frente a sí un escenario de condiciones objetivas no tan desfavorable para plantear el escenario exitoso de una transición a la democracia, pero transitan la zona de la oscuridad absoluta en materia de condiciones subjetivas.

Su dirigencia actual ha ofrecido reiteradas exhibiciones de insuficiencia y hoy toma lugar, otra vez, el desengaño de la población.  De manera muy especial, se agranda la posibilidad de que Maduro hostilice a sus detractores, impida candidaturas e inhiba expresiones de consenso para fortalecer a unos competidores a su medida y hacer factible una nueva reelección en  medio de la indiferencia general, como ya ocurrió en 2018.

Además de abandonar el vicio del debate autodestructor, la Oposición venezolana estaría obligada a diseñar un aparato político más eficiente, una instancia convocante que termine de estar a la altura de la complejidad actual, y que les permita remontar el lamentable estado de postración del momento. Un protocolo que les permita avizorar escenarios y tener respuestas a las múltiples provocaciones y engañifas institucionales del Estado chavista.

El problema en torno a la herramienta del voto como instrumento ciudadano tiene que ser capaz de responderse a la pregunta ¿qué hacer si el Estado chavista escamotea una consulta o altera su contenido? ¿No es obligante tener previsto lo que nunca ha estado previsto? ¿Hasta dónde vamos a darle continuidad a la decisión de ir a unas elecciones si luego no podrán ofrecerse explicaciones convincentes a la población?

Es una banalidad intentar despejar el debate intra-opositor reduciendo el problema a la existencia de un presunto “sector abstencionista”, como una presunta dolencia que escamotea a la sabia decisión de participar.

 Los partidos y  la sociedad democrática han concurrido de forma reiterada a todas las elecciones que organiza el chavismo en estos años, en procura de resultados, aún a sabiendas de que han sido eventos con las cartas marcadas y que éstas presentan una cuesta que inevitablemente deberá ser remontada.

La población estaría dispuesta a salir a votar si quienes promueven la iniciativa y llaman a “la batalla por el voto”, ofrecen evidencias de estar decididos a luchar por respetar los confines y asumir las consecuencias del mandato que el propio voto genera.

Se trataría de definir los propósitos del voto en un contexto autoritario. De rebanar con seriedad y firmeza los escenarios que se desprendan de una consulta, y asumirlos con todas sus letras, de ser posible con acompañamiento internacional. Crear las condiciones para diseñar un mensaje que pueda ser oído en todo el país. De calibrar sus verdaderas posibilidades y diseñar una estrategia realista para una consulta nacional.

Las nuevas elecciones en Barinas, claro que sí, pueden constituirse en el termómetro de un experimento frente a la autocracia chavista. Cualquier escenario de transición a la democracia que no sea consultivo transita en este momento la zona del imposible. Pero no por esto puede afirmarse que los espacios consultivos ofrezcan demasiadas posibilidades.

La Oposición tiene poco tiempo para dirimir sus discrepancias y reconstituirse como un interlocutor ante la comunidad internacional y el país. La gestión opositora, toda ella,  lleva unos cuantos meses ofreciendo una panorámica particularmente infeliz.

Consultar a la población para que se exprese en una sola dirección, –en una eventual, y no tan lejana, elección presidencial– por un candidato, su sustituto, o el sustituto de éste, es una meta que antes debe encontrar a la ciudadanía organizada y realista, con una dirigencia unida y una plataforma política con los pies en la tierra, que concrete una nueva ilusión nacional, posible resultado de un nuevo liderazgo y una voluntad renovada en el país.

Falta muchísimo para llegar, pero para allá habrá que remar.

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