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Las nuevas cartas de Washington

Tomada de whitehouse.gov

Alonso Moleiro

El acercamiento entre Washington y Caracas no solo toma a la oposición venezolana metida en la calle ciega de una estrategia política agotada, sino además surcando un nuevo período de extravío: dividida en aproximadamente cuatro facciones; obligada a recontar su bastimento y despejar importantes dilemas; lastimadas sus estructuras ante la represión del aparato de seguridad del chavismo y labrando un nuevo período de descrédito público

La oposición venezolana fue informada del acercamiento que ha ensayado la administración de Joe Biden hacia el gobierno de Nicolás Maduro un poco antes de que esta tuviera lugar.  El hecho de que lo hicieran, a estas alturas, no pasa de ser más que un gesto de urbanidad: poco habrían podido hacer los líderes venezolanos del campo democrático para evitarla, matizarla o condicionarla.

Las conversaciones directas entre Miraflores y la delegación del gobierno de Estados Unidos han venido a llenar un vacío: el que ha quedado vigente luego el agotamiento de los supuestos que han sostenido a la Presidencia Interina de Juan Guaidó, contenidos en la agenda de la máxima presión política. Una realidad que hoy es imposible soslayar.

La iniciativa de Washington, fundamentada en necesidades propias en el campo energético en plena guerra entre Rusia y Ucrania, asoma lo que pudieran constituir los contenidos de un nuevo desarrollo estratégico en la conducta hacia la autocracia venezolana para sacar las cosas del punto muerto actual.

 Biden y su equipo, que en muchos aspectos de la política interpretan las cosas con un lente enteramente diferente al de los halcones republicanos de los tiempos de Trump, parecen apostar por un ejercicio negociado y persuasivo de la presión, procurando, quizás, en el mediano plazo, “comprometer” al adversario a determinados acuerdos de “fair play” en una hipotética consulta electoral. Todo lo anterior, en caso de enderezarse las cargas, en un contexto de supresión progresiva de las sanciones internacionales. El supuesto inicial de todo este planteamiento sería reanudar el diálogo político en México.

Atender, en una palabra, los llamados conciliadores que instan al “reconocimiento mutuo” hechos por Maduro en este tiempo con el desarrollo de otra política, para tratar de consolidar un pacto que lo comprometa a jugar limpio.

La iniciativa, después de todo, constituye un “clásico” en el comportamiento de los gobiernos demócratas de los Estados Unidos –y de Joe Biden, en particular-  frente a los nudos internacionales del pasado y del presente, y contrasta completamente con la intransigencia y rigidez tradicional de republicanos y conservadores cuando toca entenderse con dictadores del tercer mundo como Nicolás Maduro.

El acercamiento entre Washington y Caracas no sólo toma a la oposición venezolana metida en la calle ciega de una estrategia política agotada, sino además surcando un nuevo período de extravío: dividida en aproximadamente cuatro facciones; obligada a recontar su bastimento y despejar importantes dilemas; lastimadas sus estructuras ante la represión del aparato de seguridad del chavismo y labrando un nuevo período de descrédito público. Otra vez, sin norte.

Hay una parte de los mandos dirigentes del campo democrático que quiere diferenciarse de los horizontes y el contenido que ofrece Juan Guaidó, pero no han atinado a proponer ninguna estrategia alterna creíble con la cual reemplazarlo. Después de hacer toda suerte de maromas y lanzar globos de ensayo en las redes sociales, los críticos de Guaidó terminaron votando por la continuidad de su mandato en las deliberaciones de la Asamblea Nacional electa en 2015.

Las conversaciones de Washington con el chavismo no se han traducido aún en resultados que sean apreciables y tienen altas posibilidades de fracasar. Difícilmente aparezca, en este complejo entramado, una iniciativa que persiga restaurar la democracia en Venezuela que no presente riesgos, insuficiencias, o efectos contraindicados, tendentes a potenciar determinados desarrollos, deseados e indeseados, e inhibir otros.

Lo que sí parece difícil de rebatir es que el interés informativo que ha generado el paso dado por Estados Unidos, sin la Oposición, habla por sí sólo de cuán inocua ha terminado resultando la “estática” previamente dominante. El acercamiento entre Estados Unidos y Maduro ha puesto a circular el tablero político.

 Nicolás Maduro está interesado en recomponer sus relaciones con la comunidad internacional, reactivar su producción petrolera, y, sobre todo, ser reconocido como el único interlocutor válido en el ejercicio del poder venezolano. Hará todo lo necesario para encaminar sus intereses y fortalecer su presencia en el poder sin tomar decisiones comprometedoras. Las eventuales mejoras en la economía pueden fortalecerlo en el mediano plazo.

Estados Unidos colocará límites a su oferta política, sin abandonar a la oposición venezolana, intentando en todo momento fortalecer un camino de acuerdo fundamentado en la dinámica de castigos y estímulos. La sociedad venezolana, por su parte, parece deseosa de recuperar, aunque sea en lo elemental, algo de la normalidad que se ha perdido luego del saqueo político e institucional chavista. La tesis de la presión política ha caducado. Las sanciones son, de momento, un instrumento para procurar acuerdos en reversa.

La oposición venezolana, entretanto, está obligada a salir de su parálisis. Esta tarea es extremadamente urgente, pero tomará tiempo.

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