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Lecturas sobre la invasión de Ucrania (II)

El Periódico

Félix Arellano

Entre las contradicciones que se presentan con la invasión de Ucrania, parte de ellas expuestas en una primera entrega de este trabajo, se encuentra una que tiene que ver con el orden internacional liberal vigente. Es menester destacar que, en las últimas décadas, se aceptaban algunos límites definidos por el orden internacional. La invasión de Ucrania representa una implosión del orden internacional, empero también está generando tendencias contradictorias que abogan por reforzar la institucionalidad internacional.

Al abordar el tema del orden internacional, conviene precisar que su primera presentación, definida como orden Westfaliano, se caracteriza por el respeto de los Estados a la soberanía, la autodeterminación y un multilateralismo limitado, que no interfiere en los asuntos internos de los Estados, no ejerce controles y mucho menos sanciones.

Luego, en la medida que se fortalece el liberalismo internacional, el orden global se fue tornando más exigente y se han adoptado algunas instituciones más ambiciosas, lo que se ha denominado como el Orden Liberal Internacional 2.0 donde, entre otros elementos, podemos destacar: la normativa de la Organización Mundial de Comercio (OMC) que es vinculante y cuenta con la posibilidad de la aplicación de sanciones en el mecanismo de solución de diferencias; la normativa de los derechos humanos igualmente de carácter universal y no prescribe, y varios esquemas de integración económica que adoptan normas de carácter supranacional vinculantes, que trascienden las normativas internas de los países miembros.

Ese orden internacional, en particular el llamado 2.0, ha estado enfrentando en los últimos años fuertes desafíos, especialmente el que suponen los gobiernos autoritarios, que indiferentes de su tendencia ideológica, privilegian la soberanía y la autodeterminación, y rechazan los controles o límites provenientes del ámbito internacional. Con la invasión de Rusia al Estado independiente y soberano de Ucrania, enfrentamos una implosión del orden internacional en sus diversas manifestaciones.

Como parte del golpe al orden Westfaliano, fundamentado en el principio del respeto a la soberanía, la invasión rusa violenta, entre otros, el Memorándum de Budapest, que reconoce la integridad territorial e independencia de Ucrania, suscrito por los gobiernos de Rusia, Estados Unidos y el Reino Unido en 1994; el Gran Tratado mediante el cual Rusia reconoce las fronteras de Ucrania, suscrito en 1997, y los Acuerdo de Minsk, que definen el cese de las hostilidades en la zona de Donbás, promovidos por el Cuarteto de Normandía integrado por Alemania, Francia, Rusia y Ucrania, firmados en el 2015.

El presidente Putin rechaza el orden internacional, incluso en su versión limitada al orden Westfaliano y, por sus discursos y acciones, pareciera promover un nuevo orden basado en la lucha de poder, que genera varias interpretaciones, por ejemplo, la conformación de un mundo en anarquía, que en la literatura política se define como: “un estado de naturaleza, de todos contra todos” o, por el contrario, como la conformación de un “club de poderosos”, particularmente en términos militares, que imponen las reglas que les convienen, según las circunstancias. El peor de los mundos para los países en desarrollo, que participarían como simples fichas en los juegos de las potencias.

No podemos desconocer que Occidente no ha mantenido una conducta coherente en la defensa y promoción del orden liberal internacional. Un caso lamentable, que se mantiene como amenaza latente, ha sido la política aislacionista y disruptiva de Donald Trump; pero los fracasos de esa política y las crecientes tendencias expansionistas de la geopolítica del autoritarismo, que logran su máxima expresión con la invasión a Ucrania, hacen evidente la urgencia de fortalecer el orden liberal y sus instituciones fundamentales.

Otra interesante paradoja tiene que ver con el deterioro del liderazgo y popularidad de Putin. Desde que asume por primera vez la Presidencia de Rusia en 1999, ha iniciado un proceso de construcción de su liderazgo a escala global y, en los últimos años, fue logrando importantes avances; por ejemplo, en el Medio Oriente se ha posicionado como un factor clave en cualquier negociación, con buenas relaciones con los diversos actores como Siria, Irán, las monarquías conservadoras del Golfo, e incluso Israel.

Por otra parte, en el mes de enero del presente año, estaba logrando su máximo protagonismo. Al iniciar el hostigamiento militar en las fronteras de Ucrania, se convirtió en el epicentro de la diplomacia mundial. En ese contexto, de haber propiciado la conformación de un paquete de negociación equilibrado para todas las partes, se hubiera transformado en un estadista del mundo global.

Con la invasión de Ucrania, Putin, de potencial héroe, se ha reducido a vil agresor de un país débil, lo que está generando un fuerte rechazo mundial, entre las evidencias destaca la reciente resolución aprobada en la reunión extraordinaria de las Naciones Unidas, con 141 votos a favor (de 193 miembros) y con 5 votos negativos.

Adicionalmente debemos destacar que aliados importantes del mundo del populismo, que el mandatario ruso ha cultivado durante varios años, y han recibido el apoyo de la guerra híbrida del Kremlin, se han distanciado en estos días, como se ha podido apreciar en las intervenciones y votaciones en el marco del Parlamento Europeo.

En el contexto de los distanciamientos, que pueden ser estratégicos y temporales, llama la atención la abstención de Cuba en la votación de la resolución de las Naciones Unidas, toda vez que ha sido el régimen que ha tenido la relación más estrecha y por muchos años con Moscú; recordemos que durante los tiempos de la vieja URSS representaba su apoyo fundamental.

Por si fuera poco, y no obstante la brutal represión que existe en Rusia, también se registra un importante rechazo del pueblo contra la irracional invasión. En esta oportunidad, el presidente no ha logrado el eufórico respaldo que recibió con la anexión de Crimea y Sebastopol; todo lo contrario, en consecuencia, la represión se incrementa para silenciar el rechazo popular.

Entendemos que el presidente Putin decide la invasión de Ucrania, entre otros, al contar con un control interno absoluto y ante las debilidades de Occidente. Ahora, seguramente tendrá que incrementar aún más la represión, pues además del rechazo a la invasión, le esperan tiempos económicos difíciles.

Por otra parte, los argumentos que esgrime para justificar lo injustificable, proyectan una posición imperialista, terrófaga, cargada de profundo historicismo; manipulando valores nacionalistas y hechos históricos, con el objetivo de lograr cohesión ante el creciente deterioro de su imagen a nivel nacional. Por otra parte, su discurso representa una amenaza para las repúblicas que surgen de la caída de la vieja URSS.

Si los viejos imperios asumen la narrativa de Putin, y aspiran a retomar territorios ancestrales que dominaron, básicamente mediante el uso de la fuerza, el mundo entrará en una vorágine de anarquía impredecible. En ese contexto, sorprende que un país en desarrollo asuma la defensa de tal posición imperialista, que abre las puertas para una dinámica en la cual los más poderosos deciden las reglas de juego, en detrimento de los más débiles.

Pero no todo es negativo para Putin. La invasión militar avanza, la destrucción de Ucrania, que parece ser su objetivo, también avanza y, para nuestra desdicha, pareciera que está logrando arrastrar a los gobiernos democráticos en las trampas del autoritarismo, en la medida que la agenda autoritaria –caracterizada, entre otros, por el predominio del nacionalismo, la visión militar de la seguridad, las posiciones terrófagas, la carrera armamentista e incluso el tema nuclear- se posiciona como el epicentro en los debates de los gobiernos y de las organización internacionales.

Putin se está anotando como un éxito el retroceso a una visión eminentemente conflictiva, militar y autoritaria de las relaciones internacionales. Al respecto, la UE se siente obligada a centrar su atención en temas de seguridad y defensa; Alemania está abandonando la tradición pacifista que adoptó después de la Segunda Guerra Mundial, aprobando sumas millonarias para la defensa; e incluso Suiza, Suecia y Finlandia revisan su tradicional neutralidad.

Entre los cambios y retrocesos que está promoviendo la invasión a Ucrania en el contexto global debemos destacar el renovado posicionamiento de los combustibles fósiles. Luego de la reciente cumbre del cambio climático, el mundo proyectaba una progresiva eliminación de tales energías, pero la invasión está enfrentando al mundo y, en particular, a Europa con la vulnerabilidad por su dependencia energética de Rusia, los precios del petróleo y del gas se incrementan sensiblemente y no hay soluciones fáciles a corto plazo, de tal forma que los objetivos más ambiciosos del cambio climático se postergan ara detrimento del ecosistema en su conjunto.

Putin está logrando que el mundo concentre la atención en la tesis: “si quieres la paz, prepárate para la guerra”. Hacemos votos para que esta tendencia, compresible por la brutal carrera expansionista de Rusia, no signifique el abandono de la agenda liberal con su diversidad de temas, entre otros, la defensa de las libertades, los derechos humanos, el bienestar social, la equidad, el crecimiento económico sustentable, la inclusión, la aceptación de la diversidad en sus múltiples expresiones y el respeto a la dignidad humana.  

Está claro que, como individuos y conjunto social, afrontamos desafíos colosales. Por una parte, enfrentar los avances de la geopolítica del autoritarismo y, por otra, defender los valores y principios liberales, que la guerra híbrida para desprestigiar presenta como simple liberalismo.

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