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¡And the winner is … Putin!

José Guédez Yépez

Presidente de la Asociación Causa Democrática Iberoamericana

Más allá de lo ocurrido y conocido ya por todos en la reciente Gala de los premios Oscar, conviene analizar la reacción de algunas personas que justifican la agresión física que tuvo lugar en esta vitrina de la cultura occidental. El “dónde” y el “cuándo” hacen de este suceso algo especialísimo, casi trascendental, digno de ser estudiado con objetividad y profundidad. Si la convivencia pacífica no es posible en los Oscar, entonces estamos condenados; y si además se da esta imagen justo cuando nos jugamos el alma en Ucrania, aún peor.

Un actor reputado se levanta de su silla, rompe el protocolo subiendo al escenario y golpea en la cara al presentador, para luego gritar groserías transmitidas en vivo mundialmente. Todo a causa de un chiste que para muchos fue de mal gusto y para varios ofensivo, pero un chiste, proferido por alguien que fue invitado para tal fin y ejecutaba una rutina previamente ensayada. Lo insólito no fue tanto el mítico episodio, sino la ausencia de consecuencia, ya que el agresor pudo quedarse disfrutando tranquilamente de la ceremonia, para luego recibir un premio con discurso incluido. No se disculpó ni con su contraparte ni con la audiencia mundial que había visto tan lamentable escena, por el contrario se escondió detrás del personaje que había interpretado y por el cual se ganaba el Oscar, para justificarse con una frase aterradora: “por amor estamos dispuestos a hacer locuras”. Había reivindicado así al “Putin” que todos llevamos dentro.

Pero el asombro no acabaría aquí, muchas de las reacciones en las redes sociales justificaban la violencia física que habían visto. No hubo condena de parte de la Academia, pero tampoco de buena parte de la opinión pública. ¿Por qué? ¿En qué nos hemos convertido? La democracia está en crisis y amenazada en el mundo no solo por la agresión militar de Putin, sino, sobre todo, por los niveles de polarización social que se viven dentro de ella. Muchas veces, por cierto, estimulada por la propia Rusia con agendas clandestinas de posverdad y desinformación que estimulan populismos radicales de lado y lado, tensando la convivencia democrática en Occidente. El caso es que se ha legitimado socialmente lo que Ortega y Gasset llamaba hace cien años la “acción directa” como antítesis de la voluntad de convivencia y de la civilización: “La acción directa consiste en invertir el orden y proclamar la violencia como prima ratio, en rigor, como única razón. Es ella la norma que propone la anulación de toda norma, que suprime todo intermedio entre nuestro propósito y su imposición. Es la Carta Magna de la barbarie».

Bien sea tumbar estatuas, generar caos en la calle para protestar contra las vacunas, asaltar el Capitolio de Estados Unidos, cancelar a personalidades sin previo juicio o derecho a la defensa, todo es “acción directa”, en medio de una crisis institucional que nos acerca cada vez más a la barbarie, descrita también por Ortega como: “pululación de mínimos grupos separados y hostiles”. Y las redes sociales son el escenario cotidiano de esta acción directa, porque ahí todos podemos radicalizarnos cómodamente con nuestra hoguera digital. Juzgamos, condenamos, nos sentimos héroes vengadores de todas las víctimas, porque siempre tiene que haber una víctima que justifique la acción directa. Por eso un golpe en la cara en plena ceremonia de los Oscar es algo potable, porque estamos acostumbrados ya a la violencia y no creemos sino en eso, hacer justicia por cuenta propia. Como si la democracia se quedara corta y la ley no fuera suficiente, el “viejo Oeste” convertido en el nuevo Occidente.

Esta vez la posverdad y la cancelación no sentenciaron el asunto al no poder encasquetar tan fácil la etiqueta de racismo o  machismo a ninguna de las partes en conflicto. Por eso el vacío, el silencio, la cobardía. Pero el mal sabor queda, porque la convivencia pacífica no está garantizada ni en un escenario como ese, ni en el mundo artístico, ni en un evento en vivo trasmitido para todo el planeta. He tratado de recordar algún hecho similar y solo me viene a la mente el cabezazo de Zidane en la final del mundial de fútbol de 2006. Un rival lo provocó verbalmente metiéndose con su familia hasta que recibió la agresión física de parte del crack francés. Zidane fue expulsado y nadie protestó, en ese entonces todavía entendíamos que la agresión física no se justificaba en un evento deportivo o cultural. Dieciséis años después la violencia física queda impune y muchos la justifican, así hemos cambiado. Y no faltan los conspiranoicos que creen que todo es mentira y que fue un show para aumentar la audiencia, porque en esta crisis de la democracia occidental no nos unen ni los hechos y hasta la verdad deja de existir.

Estamos en una nueva Guerra Mundial en la que nos jugamos la libertad, esa que solo es posible en democracia. El tablero principal de este conflicto no es el militar, sino el cultural. Si no restituimos el concepto de contrato social como alternativa a la selva y reivindicamos los valores liberales de la democracia, habremos perdido la guerra con consecuencias catastróficas. Con los actuales niveles de polarización y violencia en el primer mundo occidental, es cuestión de tiempo para perder la convivencia democrática y sus ventajas. Entendamos que el enemigo externo nos infiltró culturalmente para destruirnos desde adentro. Por eso estamos haciendo la revolución dentro de las democracias cancelando nuestra propia cultura, mientras que somos tolerantes frente a tiranías iliberales o a conductas antioccidentales. La igualdad y la libertad son posible solo a través de ley, sin Estado de derecho no queda más que el despotismo. Dejemos de hacer apología a la violencia antes de que se desborde y sea demasiado tarde.

@JoseGuedezYepez

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