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Cómo funciona el modelo dictatorial chavista

Alonso Moleiro

El régimen político venezolano es una dictadura que ha adoptado un modelo blando de dominación. Esta aproximación flexible de su ejercicio hegemónico implica que es un cuerpo que sabe hacer concesiones tácticas para autorregular su funcionamiento, y administrar el uso del tiempo y de su propia fuerza para salvaguardar sus horizontes estratégicos.

Para los mandos que ejercen la dictadura actual en Venezuela, la revolución bolivariana es un hecho político desplegado e irreversible, una circunstancia definitiva, de carácter extra- electoral, renuente a principios republicanos como la alternabilidad y la responsabilidad. La vida política cotidiana del país adquiere en este contexto los  elementos de una parodia.

El chavismo ha decidido llevar adelante sus objetivos unilaterales e impuestos, no de un plumazo, como en las hegemonías duras, sino  de manera progresiva y de acuerdo a lo que indiquen las condiciones objetivas del entorno, como en las dictaduras “blandas.”

El oficialismo revolucionario ha incorporado a sus entrañas institucionales algunos elementos formales de la vida republicana y liberal vigente en el país hasta 1999, y ha adoptado, sobre una línea estratégica flexible,  un diseño constitucional que tiene, por igual, un carácter testimonial y referencial. La constitución bolivariana es un interesante artificio dentro de este esquema con aspiraciones de mando perpetuo. Un contrapunto conceptual, un espejismo legal y una caja de resonancia eventual que enmascara los verdaderos lineamientos de este proyecto de poder.

El modelo blando de dominación de la dictadura chavista acepta teóricamente a los partidos opositores, las consultas populares, las campañas electorales,  el empresariado, a los medios de comunicación independientes, las universidades autónomas y las Organizaciones No Gubernamentales, que ciertamente existen, junto a la banca,  los clubes privados o los centros comerciales. Existen, aunque desde las entrañas del Estado revolucionario extra-constitucional se trabaje desde todos los frentes para destruirlos, arrodillarlos o dominarlos.

En el oficialismo se ha comprendido desde muy temprano que para fortalecer sus pretensiones vitalicias debe otorgar zonas de desahogo y autonomía para los sectores apolitizados e incluso para los adversarios. Esto hace que su aparato de propaganda y su control sobre la voluntad individual de las masas tengan propiedades menos invasivas que en otras dictaduras o formas de absolutismo.

 Aunque todo el mundo terminará sufriendo las consecuencias de sus desmanes, en los modelos blandos de dominación hay zonas más amplias para la autonomía personal respecto a las que existen en naciones con modelos duros y totalizadores de control político, como Cuba, Arabia Saudita, Siria o Corea del Norte.  

Por eso todavía existen en el país emprendedores, y se insiste en invitar a la población a votar, y aún es posible escuchar críticas parciales a la conducta oficial –sobre aspectos generales, que cuestionen someramente y con moderación la conducta del gobierno—en la radiodifusión o la televisión venezolanas.  Por eso es que no se puede afirmar con propiedad que vivimos en una sociedad policial como la de Alemania Oriental: todavía en Venezuela es posible rezongar en privado de política frente a un policía o un guardia nacional.

El Estado de derecho, el debido proceso, la defensoría del  pueblo, el pluralismo, los derechos políticos de la disidencia o los derechos humanos con criterio político: todas estas son hormas que el chavismo pretende calzar en su modelo de Estado;  arreglos estéticos para legitimar su poder ante la gente. Los chavistas no han renunciado a jugar su papel y evaluar su desempeño en el campo de la opinión pública.

Que el modelo de dominación del chavismo sea “blando” no pretende afirmar que eso lo exime de ser considerado con todas sus letras una dictadura. Indica que han escogido una vía aún más compleja y sofisticada, más difícil de diagnosticar y conjurar, para hacer legal el abuso de poder, las conductas punibles y la imposición inmoral.

 Los chavistas no ofrecen fisuras interpretativas en su conducta: como lo han afirmado sus dirigentes más importantes en diversas ocasiones,  han llegado al poder  para no soltarlo nunca más.

Los sectores no revolucionarios, minoritarios o no,  pueden existir junto a la revolución, por lo menos hasta  ahora, siempre que respeten el principio básico de no ganar elecciones y no ejercer el mando. El chavismo aumentará los niveles de conflictividad con sus adversarios de acuerdo a lo que indiquen las necesidades de la política y trabajará para hacer imposible cualquier pronunciamiento popular que obre en contra de sus objetivos hegemónicos. Por las buenas o por las malas.

Cada vez que se necesario, el Estado chavista se inhibirá de rendir cuentas, judicializará a quién le estorbe, violentará personas y hogares,  se saltará las obligaciones que ellos mismos han consagrado, reprimirá a su sabor, burlará los mecanismos constitucionales y quebrantará cualquier principio de rendición de cuentas. El chavismo sabrá imponerse apoyado en la impunidad, la violencia y y la ausencia de virtud.

Colectivos, milicias, invasores de fincas, círculos bolivarianos, militares y policías formados en los principios extra-constitucionales del chavismo, expresados en su  concepción cívico-militar, ejecutarán entonces un uso dosificado, selectivo y progresivo de la fuerza para salvaguardar los intereses del Estado chavista. 

Un Estado que no ha sido decretado por nadie, cuyos contenidos constitutivos nunca han sido sancionados, que se impone a los propios mandatos constitucionales,  pero que son la única ley para el estamento que en este momento controla las estructuras de la nación.

El modelo blando de dominación política planteado en Venezuela, decíamos, permite a la clase política chavista activar mecanismos de descompresión, institucionalizar repliegues, calzar el sombrero reformista y producir confusiones interpretativas al adoptar temporalmente el lenguaje de la democracia. El chavismo acoge con eficacia el impacto de los golpes que recibe y sabe administrar con habilidad, la fuerza y la paciencia de sus contendores.  

Se trata de administrar con astucia la posibilidad de ofrecer soluciones y conceder demandas ante una sociedad sedienta para recuperar posiciones y recobrar autoridad.  

Algunos se ilusionan. Otros lo saben, pero igual lo ignoran.

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