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El impacto de las catástrofes socioambientales y la lectura desde la ecología humana

Tomada de BBC

Alex Fergusson 18.07.26

Las relaciones entre la sociedad y el ambiente son por definición, conflictivas, debido a la incomprensión de la relación de inseparabilidad entre el ser humano y su entorno ecológico. Así que analizar la relación sociedad-ambiente en el contexto de catástrofes socioambientales como la que vive hoy Venezuela, implica entender que lo que denominamos “desastres naturales” son en realidad procesos puramente naturales, que forman parte de la dinámica evolutiva del planeta. En realidad, esos desastres se vuelven “una catástrofe” cuando la dinámica de la naturaleza choca con la vulnerabilidad estructural de una sociedad.

​Cuando ocurre una crisis de gran magnitud, la relación entre las comunidades y su entorno se transforma profundamente, revelando características muy específicas:

a) La fractura del del concepto de “metabolismo social” proveniente de la Ecología Política. ​En condiciones normales, la sociedad y la naturaleza mantienen un intercambio constante de energía, recursos y desechos.  Durante una catástrofe, este flujo se rompe abruptamente, obligando a la sociedad a entrar en un modo de supervivencia artificial y a depender de la ayuda externa. ​El entorno físico cambia en cuestión de horas, lo que desorienta las dinámicas económicas y culturales locales;

b) La revelación de las desigualdades (vulnerabilidad selectiva), pues las catástrofes socioambientales funcionan como un espejo que amplifica las crisis preexistentes y no afectan a todos por igual. ​Los sectores empobrecidos suelen ocupar los territorios de mayor riesgo debido a la especulación inmobiliaria y la falta de planificación urbana. Mientras que las clases altas tienen seguros, ahorros y redes para evacuar y reconstruir rápidamente;

c) La mutación de la percepción del riesgo, ya que la psicología social y la relación afectiva con el ambiente cambian drásticamente antes, durante y después del evento, pues pasa de la normalización al trauma. Elementos del paisaje que antes daban bienestar pasan a ser percibidos como amenazas latentes. Surge así el sufrimiento causado por el cambio destructivo de nuestro hogar o entorno cercano, y por lo general, la catástrofe se procesa a través de narrativas comunitarias, frecuentemente religiosas o mitológicas, para intentar dar sentido al caos y recuperar el control emocional sobre el territorio;

d) Respuestas estatales vs. autogestión comunitaria, pues la gestión de la catástrofe suele poner en tensión dos modelos de relación social: El enfoque “tecnocrático” y vertical donde el Estado suele responder mediante la militarización de las zonas, la declaración de estados de emergencia y soluciones de ingeniería civil, ignorando las necesidades reales de la población y las condiciones ambientales; y la solidaridad orgánica y el tejido social, pues, ante la lentitud institucional, las comunidades suelen activar redes de apoyo mutuo.  La catástrofe demuestra que el capital social (la confianza y organización entre vecinos) es tan vital como la infraestructura física;

e) El desplazamiento y los “refugiados ambientales” debido a que cuando el entorno queda inhabitable de forma permanente o recurrente, la relación sociedad-ambiente se rompe mediante el desarraigo. El aumento de catástrofes genera flujos migratorios internos y externos, lo cual no solo implica perder un techo, sino también perder la identidad cultural, los saberes locales sobre el ecosistema y los lazos comunitarios.Ahora bien, ¿cuáles son los componentes de la ecuación de riesgo: La amenaza (factor externo/físico), que es el fenómeno natural o antrópico que tiene el potencial de causar daño; y la ​vulnerabilidad (factor interno/social): que es la incapacidad de una comunidad para anticipar, lidiar, resistir y recuperarse del impacto de esa amenaza. ​Sin vulnerabilidad, la amenaza es solo un proceso natural del planeta; con vulnerabilidad, se convierte en un riesgo catastrófico.

El riesgo no surge de la nada; se va acumulando silenciosamente a lo largo de los años a través de varios procesos sociales: a) Patrones de asentamiento y modelos de desarrollo. ​La forma en que crecen las ciudades y se distribuye la población es el principal motor de construcción de riesgo. Los mejores ejemplos son: la ​marginalidad urbana y la ​deforestación y cambios de uso de suelo por el crecimiento de la frontera agrícola y pecuaria, el urbanismo, los parques industriales, la extracción petrolera y la minería; b) Decisiones políticas e institucionales, ya que ​el riesgo se construye cuando las instituciones omiten, ignoran o priorizan intereses económicos sobre la seguridad a través de ​leyes de zonificación débiles o corruptas y la ​inversión reactiva vs. preventiva: Los gobiernos suelen gastar mucho más dinero en atender la emergencia que en reducir las condiciones de vulnerabilidad previas, y c) La dimensión cultural y la percepción pues el riesgo también se construye desde la subjetividad. No todas las culturas o clases sociales perciben el peligro de la misma manera. En muchas ocurre la ​normalización del riesgo, y existe una gran ​asimetría de información.

Así que desnaturalizar los desastres es el gran aporte de este concepto. Al entender que el riesgo es una construcción social, la conclusión lógica es esperanzadora: si la sociedad lo construyó, la sociedad también tiene la capacidad de deconstruirlo mediante una planificación urbana justa y compartida, políticas públicas de prevención y mitigación de riesgos, y un modelo de desarrollo que respete las dinámicas del entorno.

Las catástrofes socioambientales demuestran, entonces, que nuestra sociedad no ha comprendido aún, pese al conocimiento científico acumulado, que ella no está “frente” a la naturaleza, sino contenida dentro de ella. Este desastre no es un evento aislado, sino el síntoma de un modelo de desarrollo que históricamente ha priorizado la explotación económica por encima de los límites y equilibrios ecológicos.

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