Cable a tierra

Cuando la Patria es solo una excusa

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Guillermo Ramos Flamerich  / 19 de marzo de 2015

No sirvo más a la Patria,

La guerra me tiene loco;

Porque el trabajo es muy recio

Y el pago que dan muy poco.

Copla tachirense del siglo XIX

Con amagos de coraje habla de un fervor patrio y de evocar el espíritu de Bolívar y Sucre. Equipara el episodio de nuestra política exterior actual con aquel bloqueo a las costas venezolanas de 1902. Compara “a dos hombres humildes a quienes la historia colocó ante el dilema de afrontar cualquier circunstancia”, refiriéndose a él y a Cipriano Castro. La cámara enfoca el rostro de Simón Bolívar y luego el suyo. Se coloca los lentes y empieza a leer, con relativa fuerza y mediana convicción, la famosa proclama que Castro utilizara en respuesta a las agresiones de las potencias europeas, aquella de “La planta insolente del extranjero…”.

Ramos2Se trata del presidente Nicolás Maduro, la noche del 9 de marzo de 2015,  dando respuesta en cadena nacional a las sanciones a siete funcionarios y la declaración de Venezuela como “riesgo extraordinario” por parte del gobierno de los Estados Unidos. Nada más apropiado para una gestión decadente y con baja popularidad que fomentar un patriotismo, visceral y sin opciones, que sirva de escarmiento a quienes se le oponen. Las pintas de “Gringo, respeta”, que han cubierto las paredes de nuestras ciudades, no serían tanto una respuesta a los estadounidenses sino a todo el que refute a la Revolución Bolivariana.

En los últimos tres lustros los términos patria, nación, venezolanidad, se han querido fundir con la imagen de una persona y de un único proyecto. Es una lucha entre buenos y malos, en donde apoyar al gobierno significa ser un verdadero venezolano y llevar consigo lo más noble del país. En cambio, tener una mínima idea en contra de lo oficial, parece el equivalente a categorías que van desde agente del imperialismo, hasta ignorante y traidor.

Desde un principio la Revolución Bolivariana buscó vincularse con lo más resaltante de la llamada identidad nacional. Simón Bolívar, los símbolos patrios y la herencia cultural son motivo recurrente en el discurso de todo el que pretenda reafirmarse como heredero de las glorias pasadas. La conexión divina-heroica que pretendía fijar Hugo Chávez como reivindicador del Libertador y vengador de la traición que este sufriera por parte de las oligarquías, buscaba borrar la labor civil -con sus luces y sombras- y enajena el proceso sociopolítico venezolano con la retórica de casi dos siglos de explotación, entrega y corrupción.

Con los símbolos patrios: la desgastada institucionalidad de los años noventa y el deseo de cambio, consolidó el discurso de un país rico y pueblo noble, pero desgobernado. El regreso a lo primario se convirtió en moda y lucha en la primera etapa de esta historia en desarrollo. Se evidenció en el uso de la bandera en mítines y manifestaciones por parte de gobierno y oposición. El cambio de nombre a República Bolivariana y la anexión de una octava estrella, contribuyeron a una más clara división de lo que el poder imponía como venezolanidad.

Rampos3De la herencia cultural: música y tradición han apalancado la propaganda oficial. Su uso como elemento de batalla y reconocimiento al país invisible, trajo como consecuencia un primer acercamiento a las raíces, pero la exageración y radicalidad han transfigurado lo que debería ser de todos. Hablan de inclusión, excluyendo. Esta ola de nacionalismo impuesto, sumada a la crisis como sociedad, contribuyen a la repulsión y burla hacia muchos de estos elementos, un bajón del autoestima colectivo, la simple indiferencia y el cinismo de una población que prefiere sobrevivir a reflexionar sobre su imaginario y sustento espiritual.

Mientras tanto, el Estado utiliza sus recursos no para proyectar al país del mediano y largo plazo. Los usa para intentar recobrar la popularidad perdida, movilización de masas, más y más propaganda, arengas violentas y cargadas de intolerancia.

Revivir los hechos pasados a conveniencia y fomentar la defensa y amor a la patria, de nada sirven si el costo de la vida aumenta, la propia vida ha dejado de ser un valor primordial y la verdadera soberanía se pierde por la destrucción del aparato productivo, negocios que en nada benefician el interés nacional y la entrega sin reclamos de la Guayana Esequiba. De nada sirve que el presidente Nicolás Maduro lea que el “sagrado suelo de la patria ha sido profanado”, si más de diez millones de venezolanos hoy viven en la pobreza.

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