Mesa de Análisis

Testimonios de resistencia

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Miguel Ángel Martínez Meucci  –  17 de marzo de 2017

Este artículo estaba pendiente desde hace casi año y medio. Es la respuesta que le debo desde entonces al agudo periodista Alejandro Tarre, con quien estoy en deuda por su siempre atenta y crítica lectura. Por aquellas fechas (mediados de 2015) señalé, en entrevista realizada para Prodavinci por el lúcido escritor Rodrigo Blanco Calderón, que no convenía que las acciones de la oposición política en Venezuela –y en aquel momento, la campaña de las elecciones parlamentarias de diciembre 2015– estuvieran marcadas por un falso dilema entre “voto y protesta”, y que por el contrario era necesario un bloque común frente al régimen cuyo mensaje estuviera cargado de “testimonios claros de resistencia” frente a la “dinámica de control total” que imponía el oficialismo.

En relación con lo anterior, Tarre manifestaba su acuerdo general con lo señalado, pero también hacía ver que “Nos gustaría, sin embargo, que el profesor nos explicara a qué exactamente se refiere con esos ’mensajes claros’. O qué acciones específicas propone”. El requerimiento de Tarre era y sigue siendo absolutamente pertinente, e imagino que compartido por los lectores de aquella entrevista, y por lo tanto merece una respuesta que aquí me propongo ofrecer. Para ello, me permitiré el exceso de citar el fragmento final de aquella entrevista, con el exclusivo propósito de refrescar el contexto y la fundamentación de mis afirmaciones allí ofrecidas. Tal párrafo reseñaba lo siguiente:

“Salvando todas las diferencias, Hannah Arendt en el libro Eichmann en Jerusalén, dice que Eichmann, entre otras cosas, hizo todo lo que hizo [orquestar logísticamente buena parte del Holocausto] porque no había testimonios a su alrededor que le dijeran ‘esto está mal, hay que resistir frente a esto, las cosas deben hacerse de otra manera’. Es muy importante que podamos tener estos testimonios y que los podamos comprender como sociedad, porque si no vamos a caer en la idea de que aquí no hay esperanzas, de que aquí no hay futuro y que aquí no hay nada que hacer. Y eso es lo peor, porque si la sociedad llega a pensar eso, efectivamente ya está derrotada”.

Con dichas palabras quise aludir a la polémica idea de Arendt sobre la “banalidad del mal”. De acuerdo con el razonamiento arendtiano, una de las particularidades del totalitarismo radica en su capacidad para pervertir completamente los fundamentos de la moralidad pública mediante, por un lado, la implementación de un discurso político violento (“incitador al odio”, diríase hoy en día) que gracias al desempeño represivo conjunto de la policía secreta y de escuadrones paramilitares no suele encontrar refutadores públicos, y por otro lado, a la estructuración de un entramado legal que contempla, orquesta y legitima públicamente la práctica del mal.

El efecto que semejante apabullamiento genera en la sociedad –y así lo recrean magistrales obras literarias como 1984 de Orwell o Un mundo feliz de Huxley– es que, por falta de elementos de comparación y de lo que hemos llamado (siguiendo a Arendt) “testimonios de resistencia”, el discurso totalitario termina por prevalecer, modificando y modelando profundamente la moral pública y convenciendo a una enorme cantidad de personas de que lo único que se puede hacer es seguir los patrones de conducta impuestos por el régimen. En otras palabras, la mayor parte de las personas terminará en última instancia haciendo el mal que pregona el totalitarismo, no sólo ni principalmente por miedo a un castigo, lo cual es en buena medida comprensible, sino por lo que es mucho peor: porque es lo que ve hacer a los demás y porque pareciera que nadie alza la voz contra el mal, al punto incluso de que éste ni siquiera se percibe como algo maligno. El mal así tolerado y ejecutado por miles de personas no sería la consecuencia de una voluntad malévola, sino el fruto de esta banal actitud.

Frente a esto, Arendt considera que siempre es posible oponerse al mal, incluso al mayor de los costos. Me atrevería a decir incluso más: Arendt quiere o necesita pensar que siempre es posible oponerse al mal. Esta necesidad (por así decirlo, y si se me permite la conjetura) le llevó a una amarga polémica con buena parte de la comunidad hebrea, siendo ella misma judía, al haber llegado al punto de cuestionar lo que hicieron muchos consejos judíos (Judenrät) de buena parte de Europa. Estas instancias solían mediar entre los gobiernos europeos de turno y las comunidades judías a las que en cierto sentido representaban, pero según la filósofa judeo-alemana en no pocas ocasiones terminaron cooperando con sus verdugos nazis antes y durante la Segunda Guerra Mundial, proporcionándoles información delicada de las comunidades por las que mediaban, negociando el escape o la exención de unos pocos y no de todos, o simplemente acatando e implementando las directrices nazis para facilitar la deportación y exterminio de poblaciones enteras.

¿Puede acaso condenarse moralmente ese comportamiento en quien, en caso de no cooperar, temía encontrar una posible muerte a manos de los nazis? ¿Podían acaso hacer otra cosa quienes, según denunciaba nuestra autora, terminaron hasta cierto punto cooperando con el nacionalsocialismo en la aniquilación de su propio pueblo? Arendt fue profundamente cuestionada y acusada de toda clase de cosas por implícitamente responder “sí” a ambas interrogantes. Su respuesta se basó en la idea de que el fundamento último del comportamiento moral es la facultad del juicio, facultad de la que estaríamos dotados todos los seres humanos pero que (sostiene Arendt) no todos ejercemos, sobre todo cuando en un entorno totalitario la costumbre de obedecer nos hace pasar por alto la obligación de ejercerla.

Por supuesto, el planteamiento arendtiano puede ser, fue y sigue siendo objeto de razonada crítica. No consideramos que sea éste el espacio propicio para entrar en ese debate; lo que nos interesa ahora es la utilidad de dicho planteamiento para, en este caso, llamar la atención sobre las distintas ideas que podemos tener de la política. Por un lado, podemos concebir la política como un espacio de acción esencialmente pragmático, en donde la comprensión del cálculo costo-beneficio que realiza cada actor político no sólo nos garantiza el análisis más realista y certero posible, sino que además nos permite igualmente (en el caso de que también seamos actores políticos) concebir líneas de acción verdaderamente factibles. La política así entendida es terreno primordialmente apto y comprensible para actores fríos, templados, calculadores y parsimoniosos.

No me cuento entre quienes pretendan restar fuerza a esa idea o noción de la política; por el contrario, en esencia la comparto. Y en esa línea, considero también que la pura espontaneidad, la mera improvisación y la falta de coherencia que derivan de la acción poco meditada suelen ser recetas casi seguras para la confusión y el fracaso. Pero, por otro lado, me parece importante advertir que quienes a menudo pretendemos analizar o actuar con base en un supuestamente concienzudo “realismo” a veces terminamos incurriendo en el engañoso extremo de considerar imposible lo aparentemente improbable, subestimando el hecho de que la política es también, y sobre todo, un espacio de interacción subjetiva e impredecible entre seres racionales dotados de libre albedrío, y por lo tanto, el reino de la contingencia y de los “milagros” (Arendt dixit).

Con lo anterior pretendo referirme al hecho, tantas veces probado a lo largo de la historia, de que de vez en cuando lo que termina sucediendo es precisamente aquello que jamás imaginamos posible. La gran pregunta es ¿por qué? ¿Por qué suceden en la historia (y de hecho constituyen la llave del cambio en la historia) acontecimientos que parecen desafiar todo cálculo de probabilidades? ¿Por qué de repente se desencadenan y articulan tramas sorpresivas que casi nadie prevé pero casi todos pretenden explicar a posteriori? La respuesta que quisiera dar al respecto es la siguiente: los sentimientos morales, los valores profundos, las convicciones razonadas, la capacidad de pensar contra la corriente, el coraje de dejar testimonio de dichos elementos mediante nuestros actos, así como también (por contraposición) la renuncia a todo eso, constituyen fuerzas absolutamente relevantes que de hecho inciden en el curso de los acontecimientos. Son, de hecho, las fuerzas más característicamente humanas, las únicas que pueden romper el más o menos previsible comportamiento basado en la búsqueda del puro interés y la satisfacción de las necesidades básicas, y las que recurrentemente nos fortalecen y recuerdan nuestra condición de sujetos morales.

Precisamente por eso resulta imposible “recetar” una lista de potenciales “testimonios de resistencia” frente a la voluntad totalitaria. Lo que da verdadera relevancia y calado a un testimonio semejante, lo que le constituye como un “testimonio de resistencia” propiamente dicho, lo que le dota de semejante significado, es precisamente su capacidad para aparecer en un contexto determinado, para emerger en profunda relación con la situación que lo motiva, en densa conexión (racional y sentimental) con las circunstancias que lo disparan. Arendt, por ejemplo, hacía referencia a la cívica y pacífica desobediencia que los daneses ejercieron frente a la voluntad nazi de exterminar a los judíos de ese país, organizándose para retar a las autoridades de la ocupación alemana y para urdir el escape de los judíos daneses hacia la neutral Suecia. Señalaba también cómo a la gran mayoría de los italianos, incluso a sus autoridades fascistas, sencillamente les pareció excesiva e inhumana la posibilidad de cooperar activamente en semejante masacre –a diferencia de lo que sucedió en otros países europeos, donde la ciudadanía participó en el proceso o se hizo la vista gorda–, y por ello ayudaron de uno u otro modo a escapar a casi el 80% de los judíos italianos de una muerte casi segura. Sin embargo, ante esos dos casos históricos, Arendt dejaba notar su preferencia por la actitud seguida por los daneses, dado que ella entrañaba una actitud que, más allá del (por así llamarlo) “buen gusto moral”, era además consciente, organizada, cívica, deliberada y política.

Nuestro comentario no va en contra de la planificación estratégica en política ni del cálculo razonado de la acción, sino que pretende llamar la atención sobre un aspecto de carácter específicamente moral, y quizás por ello habitualmente desestimado en los cálculos de costo-beneficio que suele realizar la mayor parte de los actores y analistas políticos. Tampoco está primordial o únicamente concebido como una crítica a la dirigencia política, sino que se dirige a los ciudadanos en general, a romper una inercia perversa que, por lo visto hasta ahora, está deshilachando a nuestra sociedad.

El punto es el siguiente: en una situación en la que el régimen parece controlar todos los resortes del Estado, contando con múltiples mecanismos represivos y la falta de escrúpulos necesaria para emplearlos fuera de la ley, y habiendo demostrado (a estas alturas sobradamente) la determinación de hacer valer la fuerza por encima de la voluntad mayoritaria de un muy sufrido y cada vez más sometido pueblo venezolano, ¿cabe pensar que las cosas cambiarán únicamente como fruto de la acción política “realista”, fríamente calculada en torno a lo que (creemos que) es posible en el marco de la preservación de nuestra integridad física, o por el contrario parece legítimo y quizás moralmente necesario apelar (por lo menos mientras poderosas dinámicas estructurales y/o internacionales no ejerzan una presión decisiva en el cambio de régimen en Venezuela) a un factor extra, a resortes del alma que exceden el mero cálculo y que pasan por la reconexión profunda y enérgica con la reflexión moral, con nuestros valores y convicciones, con la recuperación de la dignidad, el honor y del amor propio, con la acción ciudadana valerosa y potencialmente masiva (desesperada o razonada, organizada o no; con respecto a la idea que nos ocupa eso quizás sea lo menos relevante) que atiende sobre todo a nuestro más profundo y primario anhelo de justicia?

No sé si sea “realista” pensar que las actitudes y acciones ciudadanas (y por ende, políticas, en el entendido de que la política no es un predio exclusivo de los llamados “políticos profesionales”) que responden en primera instancia a un anhelo profundo de justicia, a la voluntad férrea de rechazar, confrontar y combatir lo que desde el sano juicio sólo puede ser considerado como maligno, pueden efectiva y quizás repentinamente generar improbables dinámicas de cambio político. No sé si este tipo de gestos, incluso cuando no han sido pensados como los pasos concatenados de una estrategia deliberada sino que resultan de la inmediata repulsa a la obediencia abyecta a los tiranos, pueden operar un efecto inmediato o sostenido. Pero lo cierto es que la historia está llena de episodios que pudiéramos considerar como “testimonios de resistencia” que no sólo aparecen vinculados al curso de los acontecimientos, operando a menudo como factores de cuestionamiento moral que incitan a cobrar conciencia de la situación e incluso como detonantes y aglutinadores de acciones colectivas decisivas, sino que a menudo terminan constituyendo uno de los aspectos más importantes en la construcción de la memoria de una nación y en su recuperación moral luego de amargos períodos de sometimiento, vergüenza y abyección.

Es verdad que no se podrá afirmar en propiedad que dichos testimonios de resistencia “causaron” el cambio político, porque la noción de “causa” se desdibuja en el mismo momento en que advertimos que la política es el resultado de la interacción de múltiples e impredecibles acciones de seres libres que, además, no sólo están movidos por una racionalidad instrumental, sino también por sentimientos y pasiones de todo tipo. Pero si hablar de “causas” resulta más bien improcedente en el ámbito de los asuntos humanos, sí nos parece, en cambio, legítimo y adecuado a la naturaleza de dichos asuntos el uso del término “razones”, en el entendido (quizás creencia) de que nada puede operar como disparador necesario y suficiente de un determinado comportamiento en el ser humano, sino que éste siempre está mediado por sus facultades racionales (esto es, por su facultad de discernir, evaluar y elegir, por su naturaleza en esencia libre). Por eso pensamos (o quizás queremos pensar, o no dejamos de pensar) que cada testimonio de resistencia que se alza contra la represión y la injusticia manifiesta, contra las probabilidades e incluso contra el instinto de supervivencia, se constituye como verdadera razón para no abandonarnos al triste desánimo, la vergonzosa obediencia o la abúlica resignación; una razón capaz de erigirse como ejemplo, capaz de (con)mover a los demás y, eventualmente, en el momento menos pensado, de desencadenar gigantescas e increíbles dinámicas de cambio.

En efecto, tales dinámicas no son exclusivamente el fruto de estrategias bien planificadas, sino el resultado de la activación de poderosos resortes morales. Quizás sea eso lo nos esté faltando en estos momentos, y no el afinado y a veces excesivo cálculo de nuestros políticos. Oponer ambas cosas en vez de combinarlas me parece un serio error político y de comprensión de la realidad. Considero, pues, que los seres humanos estamos hechos de tal modo que la firme voluntad de hacer el bien y combatir el mal es capaz de abrir caminos que a menudo están fuera del total alcance del cálculo racional. Por lo tanto, quizás sea pertinente concluir con la idea de que, más que describir o prescribir este tipo de acciones, lo que corresponde es interpelarnos, interna y mutuamente, con el objeto de propiciar los procesos reflexivos y los sentimientos morales capaces, no de preverlas, sino de desencadenarlas.

 

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