Espacio plural

Los motivos del crimen contra la libertad: una lectura desde la categoría «banalidad del mal» de Hannah Arendt (II)

Foto: Spiegel Online

Sócrates Ramírez

Adolf Eichmann y el perfil de los sujetos banales

Para Arendt, el perfil psicológico de Adolf Eichmann transparenta a un ser banal. Independientemente de la discusión sobre su acierto en torno a la descripción del perfil del personaje, muchos de sus trazos son presentados con un elevado nivel de coherencia, convirtiéndolo en un modelo expresivo de la banalidad del mal (i), mientras que otros pueden constituir vetas que conduzcan a algunas críticas (ii).

  1. i) Arendt, apoyada en la opinión de los psiquiatras que evaluaron a Eichmann, y pese al juicio del Tribunal que vio en él a un cínico, esgrime que éste es un hombre normal, es decir, que ninguna patología, depravación o enfermedad mental determinaron su actuación como responsable de transportar judíos a los campos de exterminio. No llevó a la muerte a millones de personas porque las odiara en cuanto tal.

Para la filósofa, la normalidad de Eichmann no sólo es patente en la ausencia de motivos criminales como móvil de su acción –o en la escasa influencia que en personajes como él tiene la ideología del régimen que apoya– sino en la fuerza determinante que las pulsiones íntimas poseen sobre los actos. Un hombre que desde su juventud tuvo ocupaciones que consideró viles; autopercibido como un cualquiera y consecuentemente nido de complejos por su falta de brillantez; con un lenguaje que enfrenta la realidad sin dimensión y sin seriedad, desde una gramática prefabricada a fuerza de consignas y clichés; temeroso ante la ausencia de señales y rumbos marcados; y bajo la continua aversión de la monotonía y lo ordinario, termina encontrando en el régimen nazi la oportunidad de pertenecer a una organización que le asegura una escena de respuestas totales, que le brinda un espacio para la acción (entendida como «voluntad emprendedora») y con ello la oportunidad de lo nuevo, del ascenso y el reconocimiento merecidos por el éxito de su trabajo técnico. Pertenecer al movimiento era para Eichmann un resarcimiento del yo sin abandonar el yo.

A diferencia del burócrata común que parece consustanciado con el encierro y el anonimato, Eichmann se escuda en la burocracia para justificar sus acciones durante el juicio (haber caído ahí fue una cuestión de mala suerte, decía), pero en realidad siempre anheló la aparición a la luz pública. La fanfarronería es uno de los modos como lo logra, y al mismo tiempo pone de relieve la conciencia inversa que tiene sobre sus actos: no hay un orgullo de la muerte por la muerte en cuanto contrario a la preservación humana, sino una satisfacción por el cumplimiento de la ley.

Eichmann es una hoja en el viento que se mueve al ritmo del aire, vaivén que demarca su conducta. La impronta que sobre él ejerce la atmósfera, soslayando toda ética, es lo que permite explicar sus continuas «mudanzas de conciencia», ocurridas tan rápidamente que Arendt calculó pudieron darse en semanas o en pocos meses. Es el proceso donde lo que causaba natural repulsión en este individuo (la deportación forzada) a pesar de adquirir un nivel superlativo del cual él mismo tendrá evidencia (el asesinato en masa) deja de ser humanamente significativo. Para Arendt, Eichmann es una demostración de cómo el adormecimiento del juicio permite convertir lo malo en bueno en pocos días.

  1. ii) Un argumento arendtiano dentro del perfil psicológico de Eichmann es su incapacidad de pensar. Con ello tal vez haya querido decir «cancelación del pensar en las consecuencias que sus actos comportan para los sujetos sobre los que actúa», o «cancelación del juicio íntimo sobre sus acciones». Contrariamente, creo que Eichmann piensa en algunos términos de lo que Heidegger consideraba pensar (denken), ergo, en la posibilidad humana de mantener la conciencia fija en cosas que conciernen e importan al individuo (en este caso a él), de hilvanar y traer al recuerdo la experiencia de lo grato, de lo que resulta amable. Por ello no es que el acusado sea incapaz de pensar o de recordar (el tribunal no comprendía por qué Eichmann en muchas ocasiones no recordaba episodios, personas y acciones), simplemente no podía tomar en serio algún relato que constituía un hecho baladí e irrelevante en su jornada de trabajo; hechos que ni siquiera estaban a la vista, sino resguardados por su factible incapacidad de imaginar. Para Eichmann, aquello que no podía imaginar no existía, y esto parece ser parte de la lógica del burócrata («un simple burócrata» decía ser Eichmann), del sujeto ruedecilla, para quien todo lo que está fuera de la dinámica propia de la maquinaria a la que pertenece resulta superfluo.

Eichmann en Jerusalén ha de ser estimado como una alegoría a la necesidad permanente del juicio humano. Esa postura ética innegociable en el pensamiento de Arendt, pues la considera inmanente al individuo, tal vez le haya llevado a desestimar que uno de los caracteres de los seres banales es la reducción al mínimo de las zonas de inseguridad, es decir, la limitación de la duda en torno a la realidad, y puesto que para ellos la certeza radica únicamente en la objetividad de la acción desempeñada, el juicio les resulta innecesario: en la acción rutinaria en la que ocupa su vida todo está respondido y ordenado.

Si Arendt, al describir la banalidad del mal pensó en Eichmann como un exponente, se contradice en un punto. Una cualidad del mal banal es que los sujetos que lo ejecutan no saben lo que hacen. No sólo están persuadidos de la normalidad de la pequeñez que les toca, sino de su bondad, de su ajuste a determinada razón. En ese sentido la expresión de Arendt: Eichmann, sencillamente, no supo jamás lo que hacía; únicamente tendría sentido si ella no hubiese demostrado –como lo hizo a lo largo del libro– que Eichmann, al conocer de la instalación de los campos, de lo que se hacía en ellos, de las operaciones para capturar judíos, y estando al frente de la compleja organización de los transportes, «sí sabía lo que hacía».

29 de agosto de 2017

3 replies »

  1. Realmente el interesantísimo escrito de Sócrates Ramírez, me ha hecho reflexionar acerca de una categoría de seres a las que nos hemos acostumbrado lamentablemente en Venezuela, durante los últimos 18 años, estos seres anodinos desprovistos de cualquier consideración ética o moral, adoctrinados para su conveniencia y justificación, dispuestos a hacer el mal, sin que nada los perturbe, por el solo hecho de que pueden hacerlo y lucrar con ello hasta donde les sea posible. El GNB que golpea a un muchacho desarmado, lo patea, lo cose a perdigones y luego le roba el celular y los zapatos, sin molestarse a pensar ni siquiera en la dimensión del daño que ha causado aún cuando esté sea la muerte, en un contexto tropicalizado y chevere, es un Eichmann cuya única preocupación es hacer lo que le mandan a hacer, sin “pararse en artículos” y sencillamente porque lo puede hacer, y encima llevarse un celular para la “pechuga” y unos zapatos para el junior. Sin que el remordimiento tenga cabida en sus días.
    ¿Cuántos Eichmann conocemos que en lugar del espléndido uniforme nazi, llevan una franelita con los ojitos?

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