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Escalera Democrática

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Foto: Reuters

Ensayo ganador del concurso “Narremos Esperanzas”

Moris H. Rauseo J.

Prosperidad económica, libertad de los jóvenes, reencuentro de las familias venezolanas repartidas por el mundo, condiciones favorables para el trabajo y el estudio, orgullo de ser venezolanos y de conseguir las cosas por mérito propio, y valores democráticos. Me piden que hable sobre la escalera que Venezuela necesita, me piden que hable de movilización social. Hablar sobre lo que queremos para el país en vez de simplemente quejarnos de lo malo y recalcar una y otra vez lo que no queremos, como si eso nos fuese a revelar por arte de magia lo que sí nos conviene. De repente, existen muchas formas de llegar al techo de la casa, pero saber que no queremos estar en el suelo no precisamente nos lleva al techo, y podríamos terminar bajando las escaleras del sótano.

Así que no hablaremos de lo que está mal en Venezuela. Todos estamos pasando hambre, a todos nos cuesta cada vez más sobrevivir y a todos nos da cada vez más miedo expresar nuestras posiciones. Todos conocemos esa realidad porque la padecemos. ¿Para qué necesito que me la restrieguen en la cara? En cambio, les venderé en este discurso la escalera de la democracia. Les venderé lo que la democracia les ofrece para salir del sótano y subir al techo.

La democracia tiene muchos defectos, pero su mayor virtud es que es perfectible. Es perfectible porque se basa en el principio de la retroalimentación y esto es mucho más complicado que simplemente votar y que una mayoría calificada tome una decisión. Si la democracia se practica únicamente de esta forma simplista el principio de las mayorías se convierte en una tiranía para aquellos pertenecientes a una minoría. Un ejemplo perfecto de esto es la historia de EEUU con el racismo y los afroamericanos. Los afrodescendientes estaban desempoderados frente a los blancos, quienes en su mayoría tomaban decisiones que hicieron imposible que la voz de los menospreciados afectase el rumbo del país. Esto causó que la minoría recurriera a métodos extremos para hacer que su voz se escuchase, a través de un estallido social liderado por Martin Luther King. He aquí la capacidad de perfeccionamiento de la democracia: desde entonces el número de protestas en EEUU no ha hecho sino aumentar, aunque no lleguen a tales niveles de violencia.

La sociedad estadounidense se percató de lo importante que era escuchar a una minoría, que cuando una de éstas protestaba significaba algo serio y que la mejor forma de calmar las aguas era escucharlas y empoderarlas. Así se aprobó el sufragio para los afroamericanos en ese país, así se han reconocido los derechos de las mujeres en todo el mundo, y así se han empezado a reconocer los derechos de la comunidad LGBT. Esto quiere decir que, si bien usted votó en unas elecciones y su candidato no ganó (usted es minoría), usted aún puede hacer que su voz se escuche y que, de cierta forma, las políticas a las que usted aspiraba se realicen. Los países democráticos tienen una cultura de protestar por todo lo que les incomoda y sus gobiernos han ingeniado mecanismos para que la protesta sea casi innecesaria.

Pero hay una diferencia muy grande entre gritar: “¡Hey! ¿Cómo subo sin escalera?”, a gritar por alguien que te suba. El Estado no puede ser ascensor de todos, ni cargar a todos sobre sus hombros por las escaleras. Siguiendo la metáfora, aquel que pide que lo carguen equivale a un bebé incapaz de caminar y por lo tanto de subir las escaleras. Obviamente, habrá parte de la sociedad que necesitará ser cargada hasta que aprenda a caminar, pero imaginen una familia donde el padre debe cargar a sus hijos de 30 años hasta su habitación… en algún momento el padre decidirá  mudar a todos sus hijos al piso de abajo para evitarse la carga.

Este es el problema del comunismo: esta ideología ofrece noblemente que todos estaremos en el mismo nivel y te promete que todos serán cargados hasta el techo. Tarea evidentemente imposible, por lo que finalmente la igualdad se produce hacia abajo y el comunismo se convierte en sinónimo de pobreza y opresión, pues la idea es estar todos en el mismo nivel –por encima de cuál sea– y no importa tanto que te muevas hacia arriba o hacia abajo sino que no te muevas. ¿Cuál es la mejor forma para que la gente no suba ni baje de nivel? Colocarlos en el nivel más bajo y posteriormente quitarles las escaleras. Aun el individuo que aprenda a caminar se verá imposibilitado de subir al techo, y si se encuentra en el sótano tendrá que aprender a romper la ventana y escapar sin cortarse. ¿Lo ven? Suena noble y utópico pero es imposible de concebir en la práctica.

La democracia, en cambio, ofrece la capacidad de subir la escalera. La decisión de hacerlo y qué tan arriba llegues depende enteramente de ti. Por lo tanto, al padre demócrata le conviene que sus hijos aprendan a caminar rápido y sean capaces, además, de enseñarse mutuamente. Retroalimentación. La capacidad de organizarse es extremadamente importante para la democracia y de ahí que vaya de la mano con el sistema capitalista, pues las empresas son organizaciones que pretenden ser puentes entre un escalón y otro. Sin empresas, no hay dinero y sin dinero nadie sube de estrato social, así de simple. La diferencia entre el sistema liberal y el social es que el primero deja solos a los niños para que suban las escaleras y el segundo intenta ayudar a los más pequeños. El defecto de cada uno es que el primero rápidamente se convierte en un sistema hostil donde los niños que caminaron primero no dejan subir a los demás y el segundo puede sobresaturarse y caer en el mismo error que el comunismo. Lo ideal es un equilibrio entre los dos sistemas y para esto son vitales las ONG: sirven como los hermanos mayores que ayudan a los padres a cuidar a los niños mientras crecen. Todas las minorías tienen al menos una ONG que los representa y escucha su voz por el Estado, para luego proceder a representarlo frente a este. Así el padre puede dejar solos a los hijos, siempre y cuando se ayuden entre ellos.

Todo esto supone una relación de abajo hacia arriba donde la iniciativa política viene de la gente, es decir, que es la mayoría o la minoría quienes deciden qué políticas se aplican. Opuesto al sistema rígido de los partidos políticos del siglo pasado, basados en el líder personalista (caudillo), donde la cabeza da la orden y el pueblo obedece. Esta es la razón por la que esos partidos están hoy en día extintos, además que dicho sistema supone uno de los primeros escenarios a evitar: la tiranía de la mayoría, pues es la mayoría la que escoge a ese partido, y si el gobierno solo da órdenes con el permiso de esta mayoría, las minorías no tienen cómo expresarse y eventualmente gritan.

File photo of an opposition supporter holding a placard during a rally against Venezuela's President Maduro's government in Caracas

Foto: Reuters / Carlos Garcia Rawlins

Todo aquello que promueve la retroalimentación es lo atacado por el régimen que nos acosa: la voz de la mayoría mediante el voto, la capacidad de organizarnos –tanto en empresas privadas como en ONG–, y la protesta. El Gobierno nos quita la escalera y, además, pone trampas en la ventana del sótano. Si lo que queremos es democracia no hay que pensar en términos de salir por la ventana sino de construir una escalera con nuestros propios cuerpos; llevarle la contraria al Gobierno y frustrar sus planes de mantenernos inmóviles.

Existen infinitas formas de organizarse sin necesidad de gritar en la calle, por ejemplo: ahora se acercan unas elecciones municipales ¿Por qué no organizarnos entre municipios y realizar nuestras propias elecciones? Eso sería construir un escalón hacia la puerta con nuestros cuerpos (el CNE actual es una escalera removida). Mientras más actuemos como lo que deseamos obtener, más cerca de nuestro objetivo estaremos.

*Moris Rauseo fue el ganador del Concurso de ensayo político “Narremos esperanza 2017”, convocado por el CEP-UCAB.

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