Mesa de Análisis

El chavismo y el 23 de Enero

Sócrates Ramírez
24 de enero de 2018

Desde sus primeros ditirambos públicos sobre la historia contemporánea de Venezuela, para Hugo Chávez y su movimiento, el 23 de enero de 1958 fue una fecha incómoda que carecía de dignidad para ser celebrada. Esa incomodidad tiene una vertiente confesada públicamente: la inquina por la suerte de la extrema izquierda alzada contra la democracia, según la cual, aquello resultante de la heroica ruptura no fue un régimen de libertades construido con el esfuerzo de todos los que empujaron a la tiranía, sino una cacería de Acción Democrática contra sus oponentes comunistas y sus hijos rebeldes. Es el discurso de la revolución traicionada, de la victoria popular secuestrada, del proyecto trunco. En medio de la promoción de su nueva oferta política, el chavismo proyectó públicamente aquella incomodidad a través de la representación opuesta de lo que, según su lenguaje, era la muerte de un tipo democrático nacido de la usurpación, ergo, “la democracia burguesa, la democracia representativa”, frente a lo que significaba el nacimiento de “la democracia participativa y protagónica” de la era bolivariana.

Existe un segundo motivo en la incomodidad chavista con aquel acontecimiento, aunque éste, con todos sus contornos, se haya mantenido en la esfera de lo inconfesable y sólo puede ser percibido a través de algunos deslices evidentes de sus publicitas. Me refiero a la ojeriza que causa en un movimiento esencialmente militar ver cómo el 23 de enero de 1958 supuso el inicio de un régimen político donde, por primera vez en toda la historia republicana venezolana, el poder civil se impuso al cuartel. Un sistema de lealtad verde oliva, aderezado con el principio pretoriano de la eficiencia militar en tareas de administración pública –junto al adagio fascista de “pueblo y Ejército unidos” – es lo que explica que Hugo Chávez haya dicho, en abril de 2010 durante la edición número 355 de su programa “Aló, presidente”, que Pérez Jiménez “fue el mejor presidente de Venezuela”, que más “dictaduras” habían sido los gobiernos de AD y Copei, que su sujeto de admiración había sido reo de estos partidos durante cinco años en la Penitenciaría General de Venezuela, y que sin su gobierno “no existiría el Fuerte Tiuna, la Efofac, el Círculo Militar, el Paseo Los Próceres” y otras obras de infraestructura. O explica –también en clave de reciprocidad, vindicta o esperanza política– el tono de amable expectación con el que Pérez Jiménez se refería, en entrevistas, al candidato Chávez en 1998; o las pequeñas misiones enviadas a Madrid por el gobierno bolivariano durante sus primeros años para entrevistar y pedir asesoría al anciano dictador.

Nunca existió en la narrativa chavista sobre el 23 de enero una homogeneidad sobre este tema, pues junto a la admiración de Chávez a Pérez Jiménez, y a la nostalgia de su régimen militar, hacían vida en el movimiento un importante número de actores perseguidos por la dictadura o familiares de sus víctimas. En este sentido, si bien el chavismo siguió la línea del comunismo histórico a la hora de reciclar su discurso contra Acción Democrática, y en general, contra el sistema democrático post 58, se extravió del camino con el tibio trato brindado a una tiranía que no cejó en el propósito de extirpar el comunismo en Venezuela.

En las discusiones parlamentarias sobre este suceso, especialmente las que tienen lugar en los primeros años del chavismo en el poder, el chavismo parlamentario se vio en el apuro de definir, siempre en uso del lenguaje evidentemente pobre, al régimen caído. Al tiempo en que Chávez veía en Pérez Jiménez al mejor presidente de Venezuela, la narrativa parlamentaria de su movimiento vio en el dictador –quiero decir única y específicamente en su persona– las razones de la erosión de su gobierno. Este acto de personalización para leer tal ejercicio del poder no es inocente, pues el chavismo lo hizo para salvar algo que le es más querido: el honor militar. En las propuestas de Acuerdo y en los debates parlamentarios, los diputados bolivarianos prefieren referirse “al oprobioso régimen de Pérez Jiménez”, “al dictador”, evitando siempre una catalogación de su gobierno como uno uniformado y corporativo, ergo, como lo que fue: una dictadura militar.

Con aquella conducta la Revolución Bolivariana buscaba complacer a las dos tendencias que en su seno generaban lecturas sobre el acontecimiento: la de los deudos directos de las jornadas y sus consecuencias y la del sector militar gobernante. Pero en el fondo, y bajo el propósito común de requerir culpables, ambas tendencias terminan absolviendo a Pérez Jiménez, pues a lo largo de la construcción de esta narrativa prefieren glosar sobre las circunstancias en las que el dictador entra en política y no sobre las condiciones en las que toma el poder y lo ejerce. Así, el debate muda constantemente del 23 de enero de 1958 al 18 de octubre de 1945, y la culpabilidad va de un inocente usurpador uniformado a una Acción Democrática que, en su voracidad por el poder, no escatimó en tentar a los cuarteles para que se lo ofrecieran. De ese modo, en este lenguaje, AD se convierte en artífice del derrocamiento de Isaías Medina Angarita, jefe y época de la que el chavismo también ha echado mano en la búsqueda de referentes de buen y democrático gobierno. AD es la culpable de la implicación de Pérez Jiménez y de los jóvenes oficiales en política y AD es la culpable de traicionar “el espíritu unitario” del 23 de enero con su insistencia de dejar fuera del Pacto de Puntofijo a los comunistas y por defender con armas la democracia frente a la insurrección roja.

Foto: PSUV

En esta lectura ocurre otro proceso interesante de personalización de los acontecimientos. Me refiero al hincapié chavista de construir narrativamente en la figura de Fabricio Ojeda una suerte de líder máximo, de prohombre y de héroe traicionado, especie de guía de la victoria política de 1958, cuya existencia y acción en esta trama de las palabras eclipsa otro elemento reivindicado insinceramente por la Revolución Bolivariana, eso que significando unidad y convergencia política ha sido denominado como “el espíritu del 23 de enero”. Observo dos pretensiones en este acto: la primera pone de relieve la facilidad con la que al ser encriptados los procesos históricos en una persona, en una idea, o en un lenguaje simultáneamente fatuo y colorido, resulta más sencillo su proceso de tergiversación, vaciamiento y apropiación. La segunda tiene que ver con el desprecio implícito de resistirse a comprender la complejidad de las contingencias políticas que anteceden al 23 de enero de 1958, y al aún más complejo contexto de todo aquel año, hasta la celebración de las elecciones nacionales en diciembre. La encarnación de aquel acto de liberación en la acción protagonista de un sujeto representa un desdén frente a toda la trama política que antecede a ese acontecimiento. Es decir, las conspiraciones, los acuerdos, la tregua entre partidos pugnaces en beneficio de un objetivo superior y a la manifestación libre de organizaciones no esencialmente políticas; y, a posteriori, tal como opina el historiador Ysrrael Camero, esta puntual lectura del chavismo, la heroicidad excepcional de Ojeda, pretende establecer una ruptura entre el 23 de enero y el Pacto de Puntofijo al plantear este acuerdo no como la más apropiada e inteligente maniobra política para preservar un poder débil, sino como la materialización de una gran traición contra los héroes verdaderos.

El ultraje de este lenguaje en relación con los actos políticos alrededor del 23 de enero también queda en evidencia tras el magreo ad infinitum del binomio pueblo-Fuerza Armada como nomenclatura protagonista de aquel suceso. Aquí la expresión “pueblo” cierra toda posibilidad de reconocerle como algo diverso y heterogéneo, expresado en aquel momento a través de acuerdos y tensiones, mostrándolo entonces como una estructura monolítica, disciplinada e indiferenciada, capaz por estas características de relacionarse más fácilmente con su contraparte militar, también orientada por los mismos principios.

Al tiempo que esta narrativa sobre el 23 de enero lapida al orden desde entonces instaurado y se mueve en torno a un sinuoso gesto de benevolencia con la dictadura militar en su doble condición de movimiento revolucionario y totalizante, el chavismo se enfrenta a la memoria de este acontecimiento bajo la preocupación del mito de los orígenes.

Puesto que el 23 de enero se instituyó como el acontecimiento más relevante en la historia fundacional de la democracia venezolana, la Revolución Bolivariana se encontró ante la contrariedad de que, al reivindicar aquel acto y el significado históricamente construido en torno a él, estuviese reconociendo la existencia de una comunidad espiritual con el mismo régimen que ella se ufanaba en haber desplazado. Para eludir tal contrariedad se dispuso a mezclar su propia historia con la del 23 de enero, vaciando de recursos significantes a aquella fecha y sustituyéndolos por motivos y actos ligados exclusivamente al calendario épico bolivariano.

Dentro de la narrativa chavista, el 23 de enero no logra significarse a sí mismo, pues como ya he dicho, representa la ruptura con una tiranía que, de alguna manera, es reivindicada por la voz más autorizada del movimiento y representa también el nacimiento de un nuevo modo de vivir político contra el cual el chavismo se había alzado. En ese sentido, y en relación a este suceso, el chavismo instituye y defiende consignas que no soportan un análisis inteligente: reivindica vacíamente un derrocamiento, pero al mismo tiempo defiende al régimen depuesto.

El lugar del 23 de enero en este discurso es el de un acto de ruptura continuado por el llamado “Caracazo”, en 1989; por los alzamientos militares del 4 de febrero y del 27 de noviembre de 1992 y finalmente reivindicado con la llegada del chavismo al poder en 1999. Es leído por los bolivarianos como un antecedente más de su épica de mando.

Del 23 de enero el chavismo se interesó en la inspiración para la ruptura permanente de un orden político, en la estética del cambio político perpetuo, en la puesta en escena conspirativa, en los dispositivos revolucionarios, en el trillado mito de la unión cívico-militar y en el romántico discurso de la revolución desvirtuada, que siempre juega el papel de dejarle asignaciones a quien decida en el futuro asumir la continuidad de la tarea.

Ahora, me pregunto: ¿Acaso tienen conciencia del bumerán en el que podrían viajar sus palabras?

@RamirezHoffman

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