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La participación como medio no como fin

Juan Manuel Trak

La elección presidencial de 2018, cuyo resultado en el seno de la oposición ha sido su fragmentación, es una muestra de cómo el boicot y la participación sin exigencia y reclamos son ineficaces para precipitar el cambio político. Tanto los seguidores de la tesis de la no participación, como aquellos que procuraron la participación como si las condiciones fuesen parecidas a las de 2015, fallaron en su propuesta de precipitar una transición democrática.

Si bien el sector de la oposición que boicoteó la elección presidencial de 2018 logró tomar la iniciativa en 2019, lo cierto es que, en la medida que la declaratoria de usurpación del Ejecutivo y la juramentación del diputado Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela quedaba atrás, la capacidad del gobierno para mantener el control interno sobre sus pilares estratégicos aumentó. A lo anterior se le suma los desaciertos de la oposición, sobre todo en lo relativo a la generación de expectativas que sobrepasaron sus posibilidades, la ejecución de planes fallidos como el 23F y el 30A, y la paulatina pérdida de capacidad de convocatoria.

En este escenario, las negociaciones iniciadas bajo el auspicio del gobierno de Noruega prometían ser el camino para dirimir un conflicto que, en aquel momento y aún hoy, parece irresoluble. La fijación del mantra “cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres”, se convirtió en una camisa de fuerza que impidió aprovechar oportunidades de negociación real con el gobierno, el cual vio que el paso del tiempo le daba la oportunidad de que se desgastase el liderazgo opositor y así imponer una negociación fuera de la mediación de Noruega con actores minoritarios.

He aquí la otra cara de la moneda opositora, quienes participaron en 2018 parecen haber olvidado las denuncias que hicieron y por las cuales rechazaron el resultado de la elección. A pesar de sus esfuerzos, tienen poca o ninguna capacidad de convocatoria, y muchos de sus miembros son tan o más rechazados que el gobierno mismo.  Así, la anuencia y docilidad con la que asumen su relación con el poder supone la desconfianza de una parte importante de la sociedad. En cualquier caso, haber participado como si las condiciones fuesen ideales, desestimar las malas prácticas electorales diseñadas para dificultar el ejercicio del voto, y que potencian la desconfianza hacia el sistema electoral, les resta la credibilidad necesaria para posicionar la tesis de la participación.

Ambos grupos políticos cometen el error de creer que la elección – y su resultado– es un fin en sí mismo. En regímenes autoritarios, las elecciones no son el mecanismo para acceder al poder. Si bien es cierto que en los regímenes autoritarios las elecciones están diseñadas para que no haya incertidumbre y garantizar una “legitimidad” del gobierno, también pueden ser una ventana de oportunidad para el establecimiento de mecanismos de organización social y política. La creación de redes alrededor de la defensa del voto, promoción del registro de nuevos electores, articulación de acciones colectivas ayudan a la creación de un movimiento cuyo objetivo no es ganar la elección sino luchar por el rescate de los derechos civiles y políticos conculcados por el sistema autoritario.

Por otro lado, la construcción de una mayoría social y política, también permite mostrar fortaleza frente al gobierno autoritario y desafiarlo, así como la posibilidad de tender puentes con sectores moderados del gobierno que preferirán garantizar su futuro político y económico antes que arriesgarse a ser sancionados o perseguidos internacionalmente. Ciertamente, hasta la fecha, pareciera que el gobierno es monolítico, pero eso no impide seguir insistiendo en buscar el quiebre de la coalición gobernante, y que se produzca un proceso de democratización a mediano plazo.

Participar o no participar es irrelevante si se coloca la elección como un fin. Ahora bien, si ésta se observa como una táctica entre varias, si se articulan los esfuerzos de los diversos grupos opositores alrededor de un objetivo común y se logra organizar a los ciudadanos en la defensa de sus derechos políticos (como lo es votar), es posible que mejoren las condiciones para que haya un movimiento democratizador. La participación electoral es un fuerte motivador para otras formas de participación política, también necesarias para generar presión sobre una parte de quienes están en el poder. Finalmente, forzar al gobierno a cometer fraude tiene más posibilidades de generar una reacción de la población ante el atropello que una victoria por forfait.

En todo caso, el debate sobre la estrategia parece estar ausente – o peor aún aislado de la sociedad–, unos y otros se insultan y se acusan de responsables de la situación actual, mientras los más radicales se sientan a esperar que lleguen tropas extranjeras a salvar al país. Todo lo anterior ocurre cuando el resto de los venezolanos sigue padeciendo una crisis social y económica compleja, en la que la mayoría de los ciudadanos no puede satisfacer sus necesidades básicas y cuya cotidianidad es cada día más precaria.

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