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La Historia como recurso partidista

Tomada de Tal Cual

Tulio Ramírez

Existe una sentencia que es muy repetida en política: “la Historia la escriben los vencedores”. Fue George Orwell (1944) quien, en una de sus columnas para la revista británica Tribune, escribiría esta conocida frase. Amparados en esta frase, algunos teóricos marxistas con una interpretación simplista, han reducido a la disciplina histórica a discursos falsificadores de los hechos o verdades científicas, dependiendo de la ideología de quien los produce.  Esta lógica reduciría el dilema a esta expresión dicotómica: “será una falsa historia si se elabora desde los que siempre han sustentado el poder o será verdadera, si emerge desde las fuerzas revolucionarias”.

Lo cierto es que, más allá de los maniqueísmos, la popularización de la sentencia orweliana ha traído como consecuencia para muchos escépticos, la desconfianza sobre quienes indagan y reconstruyen el pasado remoto o reciente. La tónica es poner en duda toda narrativa histórica, con independencia de que sea producida desde el ámbito académico o desde espontáneos y autodidactas.

La relatividad ha llegado a tal extremo, que hasta “los testigos” generan desconfianza debido al “involuntario, pero natural, sesgo que mediatizaría su testimonio”. Posiciones más extremas profundizan y advierten que “en toda narración hay dolo, en tanto que el interés del narrador siempre orientará la narración”. Con estas premisas se relativizaría cualquier tratado sobre Historia, independientemente de la rigurosidad, parsimonia investigativa o méritos académicos del autor.

Indudablemente que, como obra humana, los estudios históricos no están exentos de la subjetividad de quien escribe. La interpretación de los hechos es una actividad donde la cosmovisión, los valores y las posiciones doctrinarias suelen jugar malas pasadas.

En este sentido, el filósofo francés Gastón Bachelard aconseja al científico social su deber de estar alerta y mantener una rígida vigilancia epistemológica sobre sus prejuicios y pareceres para que perturben lo menos posible su juicio y criterio profesional. En este sentido aconseja ser más fiel a las fuentes que a la doctrina. Se debe garantizar la credibilidad y pertinencia de las evidencias, por encima de los ajustes artificiales de los sucesos a esquemas de pensamiento  o interpretaciones preestablecidas.

Toda esta reflexión la hago a propósito del despropósito cometido por el Concejo Municipal de Caracas el pasado 13 de abril, al cambiar los tradicionales símbolos de la ciudad capital que, desde 1591, en el caso del escudo, se arraigaron en el  acervo cultural del caraqueño.

Sin entrar en detalles sobre el procedimiento para su aprobación, el cual ocurrió sin consultar a entes especializados como la Academia Nacional de la Historia o las escuelas de Historia de nuestras universidades, y sin hacer una consulta popular seria y creíble, nos preocupa el ánimo con el que se orientó esa medida.

Dijo la alcaldesa de Caracas en su discurso de presentación de los nuevos símbolos que era un “acto histórico a los pies del Libertador Simón Bolívar, donde estamos escribiendo páginas de una nueva historia”. Como se podrá observar, es la lógica “de la historia contada por el vencedor” como política de Estado. Así, es natural suponer que habrá tantas Historias Oficiales dependiendo de los caprichos de quienes acceden circunstancialmente al poder. 

Esta malsana práctica guiada por orientaciones, doctrinas y credos dogmáticos que asumen como verdad histórica solo la que es contada desde su esquina ideológica, induce indefectiblemente a errores en la valoración de los acontecimientos del pasado. Es el caso del nuevo escudo aprobado para la ciudad de Caracas.

Entre otras menudencias colocan en el novísimo escudo como fechas emblemáticas para la historia de la ciudad capital las de 1810, 1811, 1989 y 1992, catalogando las dos primeras como fechas que impulsaron la independencia de Venezuela. Lo cierto es que, según el historiador Rafael Arráiz Lucca, el 19 de abril de 1810 lo que hicieron los mantuanos caraqueños fue ratificar la lealtad a la corona española de Fernando VI frente a la usurpación por parte del francés Luis Bonaparte. ¡Vaya paso a la independencia de Venezuela!

El concejal oficialista Darío Alejandro Vivas expresó que el cambio de los símbolos es con la intención de generar una “reivindicación, rectificación y revolución” de la historia de la ciudad capital. Es evidente que esta “rectificación” de la historia de Caracas supone la escritura de “otra historia”. En este caso “la verdadera”, según el imaginario ideológico del camarada concejal.

Es muy común que ante la imposibilidad de transformar la realidad, los regímenes comunistas intenten transformar la historia para justificar su impronta y desaciertos. Siempre será más fácil hacer esto, que lograr la prosperidad material y felicidad espiritual de los pueblos.

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