Mesa de Análisis

2016, o la relación entre sinceridad, compromiso y capital político

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Miguel Ángel Martínez Meucci – 13 de enero de 2017

En este artículo me propongo básicamente dos cosas: hacer un balance general del año 2016 en lo que respecta a los avances y retrocesos experimentados en la senda de la democratización, y señalar un aspecto muy importante y usualmente poco comentado para interpretar lo sucedido. Para ello, me parece relevante comenzar reseñando cómo se veían las cosas hace un año, recordar lo que fue pasando durante el 2016 y caracterizar la situación actual.

Hace un año, en diciembre de 2015, la gran victoria de la Mesa de la Unidad Democrática en las elecciones parlamentarias del 6D parecía constituir un aparente punto de inflexión en el trágico rumbo que llevaba el país. Ante un gobierno que mostraba importantes fracturas internas y que no manifestaba voluntad alguna de retomar la senda de la democracia y el estado de derecho, la obtención de dos tercios de la Asamblea Nacional por parte de la coalición opositora fue considerada por muchos (entre quienes me cuento, a pesar de mi escepticismo previo a la jornada electoral) como un signo muy claro de que la oportunidad concreta de comenzar a llevar a la nación por un rumbo distinto era, por fin, una realidad.

No obstante, también en aquella oportunidad me pareció oportuno señalar la necesidad de “una adecuada evaluación de la victoria” y de “una definición de la estrategia general de cambio político”, aspectos que para el momento no parecían estar suficientemente claros o en torno a los cuales no había un visible consenso. ¿Por qué era necesario pensar en la necesidad de aprovechar las competencias de los dos tercios de la AN para propiciar y acelerar en 2016 un cambio político, entendiendo por tal la sustitución de Maduro en el poder? Porque a ninguna otra conclusión podía llegarse si se aceptaban las siguientes premisas, desde mi punto evidentes a finales de 2015:

1) Después de 17 años en el poder, parecía claro que el régimen que preside Maduro no cambiará voluntariamente el rumbo asumido, un rumbo que lleva al país directo hacia una tragedia de grandes proporciones; sólo lo haría cuando eventualmente un poder mayor lo obligue a hacerlo;
2) Dicho rumbo ha estado (y mucho más después del 6D 2015) cada vez más orientado por la voluntad consciente de establecer las bases de un control puramente autocrático, una vez comprobada la dificultad difícilmente reversible del chavismo para ganar elecciones;
3) Dado el colapso de los ingresos provenientes de la renta petrolera y la voracidad creciente de los actores de la corrupción dentro del gobierno, dicho control autocrático se vería incrementado ya no mediante la satisfacción de demandas populares, sino a través de un empobrecimiento generalizado de la población que la lleve a aceptar un severo recorte en sus patrones de consumo y a someterse para poder ser incluida en los mecanismos de redistribución del gobierno; y finalmente
4) Esta depauperación generalizada, en caso de mantenerse por varios años, afectaría perniciosa y profundamente la naturaleza, estructura y composición de la sociedad venezolana, comprometiendo no sólo su composición demográfica y la calidad de su capital humano y social, así como la salud y supervivencia de muchos de sus ciudadanos, sino también la propia fortaleza institucional de sus partidos políticos, organizaciones civiles y compañías comerciales, e incluso las condiciones necesarias para una no demasiado lejana redemocratización.

No obstante, la posición imperante dentro de la MUD (al menos al inicio de 2016) abogaba por intentar la normalización de la vida política de la nación mediante el ejercicio, no abiertamente conflictivo, de las competencias regulares de la AN. Pronto se pudo constatar lo que desde un principio era previsible, en virtud de tantos años experimentando el modus operandi del régimen chavista: el oficialismo empleó su control inconstitucional de las diversas ramas del poder público para neutralizar, contra las más elementales disposiciones del estado de derecho y sin ningún rubor, todos los actos significativos emanados de la AN.mud-26-sep

De este modo, el clamor de la opinión pública llevó a toda la dirigencia opositora a pronunciarse públicamente (lo consideraran en verdad pertinente o no) por el cambio político, señalando que se trabajaría para que Maduro fuera institucionalmente apartado del cargo en 2016. Sin embargo, la discusión se centró en cuál de las vías constitucionales disponibles para ello (la renuncia, la enmienda, la reforma, la asamblea constituyente o el referéndum revocatorio) era la más adecuada, sin prestarse la debida atención al hecho de que, ante la obvia ausencia de un régimen constitucional en Venezuela, toda línea estratégica de acción requeriría la preparación para una movilización constante de la población e importantes apoyos internacionales en este sentido.

Al final se eligió la vía del revocatorio, la cual tenía la ventaja de reunir institucionalmente el mayor apoyo popular al objetivo específico de revocar a Maduro, pero también la mayor cantidad de alcabalas procedimentales controladas por el régimen. De este modo, el arduo proceso de convocatoria del RR se prolongó durante demasiados meses. Cuando a finales de octubre el régimen concretó una maniobra obviamente inconstitucional, ilegal y fraudulenta para conculcarle a la ciudadanía su derecho a revocar el mandato del presidente, se hizo prácticamente incuestionable que, sin suficiente presión popular e internacional, todos los actos legales, institucionales y soberanos de la sociedad democrática serían simplemente desconocidos por el oficialismo.

Hasta ese momento la MUD, con todas sus falencias y divisiones internas, había conservado el capital político alcanzado el 6D, en tanto públicamente se presentaba consustanciada con el deseo popular del cambio político y lograba enfrentar a Maduro con el costo político inherente al difícil dilema de elegir entre ser revocado o tener que incurrir en una maniobra que le condenaría efectivamente como autócrata. Pero justo entonces el oficialismo fue capaz de articular la maniobra del “diálogo”, empleada no por primera ni segunda vez en la historia del chavismo frente a la oposición (aunque nunca hasta ahora ejecutada con tanta soltura y precisión). Con todos los factores de la legitimidad democrática en contra, el régimen supo sin embargo jugar otras cartas, desviar la presión nacional e internacional a favor del RR y convertirla en respaldo externo a un diálogo que, al menos durante 2016, no rindió otro resultado que ayudar al régimen a reducir al mínimo el costo político de su fraudulenta evasión de la consulta popular.

Creo que la oposición tenía razones más que suficientes para hacer ver que no tenía sentido aceptar un diálogo en los términos que planteaba el gobierno, pero aun suponiendo que era mejor sentarse a dialogar que no hacerlo, desde un principio era posible adivinar que la MUD no lograría mayores ganancias en dicho proceso, por varias razones: 1) sentarse implicaba romper con el momentum y la narrativa desarrollados hasta entonces, dos elementos que constituían precisamente el vínculo principal con la voluntad popular y la opinión pública; 2) el tiempo estaba en contra de la MUD, dado que un referéndum revocatorio en 2017 no implicaba un cambio de régimen y la situación de la gente no cesaba de empeorar; 3) no había consenso previo entre los principales líderes de la MUD con respecto a cómo y para qué afrontar ese diálogo; 4) no había un propósito estratégico claro al momento de aceptar la propuesta de diálogo, la cual implicaba un cambio de línea muy brusco y difícil de explicar con respecto a los acuerdos alcanzados por los diputados opositores de la AN los días 13 y 23 de octubre; 5) la dirigencia opositora no contaba en ese momento con la posibilidad de afrontar una negociación exitosa, por la sencilla razón de que ésta le llevaba a apartarse del objetivo públicamente asumido durante todo el año: la realización del RR en 2016.

dialogogo-1Como consecuencia de lo anterior, el diálogo ha tenido un impacto negativo en el apoyo popular a la MUD, circunstancia que ya se ve reflejada en diversos estudios de opinión pública. Ante el unánime reconocimiento de que algo se ha hecho mal, se suele señalar durante estos días que el problema consistió en haber inflado las expectativas de la gente, prometiéndole un cambio que era imposible. Por mi parte, disiento de esta interpretación, ya que si esto fuera cierto, ¿en qué momento se comenzaron a inflar sin fundamento dichas expectativas? ¿En 2015, cuando se le dijo a la gente que una mayoría de la Asamblea Nacional podría nombrar la directiva del Consejo Nacional Electoral, controlar la inflación y acabar con la inseguridad? ¿En 2016, cuando se dijo que era factible hacer el referéndum revocatorio en este año? ¿Al aceptar el diálogo con Maduro, dejando entender que se estaba negociando la posibilidad de elecciones generales anticipadas? ¿Se podía pedir el apoyo de la gente sin prometer la lucha por un pronto cambio de régimen?

Es consustancial al oficio de la política trazarse grandes metas e intentar concitar el apoyo popular necesario para alcanzarlas, sobre todo cuando la sociedad atraviesa grandes penurias. El anhelo popular de un cambio político está más que justificado en las actuales condiciones, y dos tercios de la Asamblea Nacional representan un capital político nada despreciable para intentar cumplir con dicho propósito. Desde mi punto de vista, lo que ha sucedido más bien es que la gente se ha desconcertado ante las incoherencias que percibe en el liderazgo opositor, circunstancia difícil de aceptar cuando el país requiere ser guiado sin demasiados titubeos hacia un cambio profundo. No olvidemos que el capital político de una persona, partido o movimiento político depende, fundamentalmente, de su creíble orientación hacia el bien común, de su capacidad para abrir caminos, trabajar sin desmayo y concertar a muchos en esa empresa común, de su coherencia en el tiempo y del grado de compromiso que visiblemente manifiesta con respecto a sus propias propuestas. Pues bien, ¿es eso lo que la gente percibe en estos momentos de su liderazgo?

Dicen los ingleses que cuando te des cuenta de que estás en un hoyo, dejes de cavar. En medio de la desesperación actual, hace falta que todos, especialmente los líderes, reflexionemos en torno a los errores cometidos. Toca preguntarse por el motivo original, profundo, de nuestros principales errores. ¿El miedo? ¿La avaricia? ¿La soberbia? ¿La pereza? No tiene sentido culpar a la gente, que vive varias tragedias cada día. Es obligación del liderazgo político aceptar dónde se encuentra en este momento, y hacer un ejercicio de autocrítica que le permita retomar un rumbo apropiado a los requerimientos de los venezolanos. La gente siempre estará mucho más dispuesta a perdonar a quien se arrepiente sinceramente que a quien insiste en tener siempre razón y en hacer siempre lo mismo, obteniendo siempre resultados similares. La gente perdonará y apoyará a quien pague el sacrificio de mantenerse apegado a sus valores, a quien intente razonar para convencerle y a quien le diga lo que verdaderamente piensa en vez de hacerle caso a las encuestas, así como a quien ceda en lo particular para favorecer el bien común. La gente reconocerá, en definitiva, a quien se la juegue por los requerimientos y necesidades más apremiantes de los ciudadanos y de la nación. Es hora.

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