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Venezuela: cada elección un drama

Tomada de CNN en Español

Trino Márquez @trinomarquezc

En la Venezuela que surge en la era chavista, cada proceso electoral es  convertido por el régimen y por la oposición en una jornada con rasgos apocalípticos. Desde hace dos décadas, las citas comiciales dejaron de ser parte de la rutina democrática de una nación civilizada que renueva sus autoridades públicas a través del voto popular. Ahora, el ambiente es tóxico. Cargado de peligros, acusaciones y chantajes.

El régimen utiliza las votaciones para crear dudas y sospechas entre los electores que le son adversos. Con el ‘no volverán’, una de sus consignas favoritas, o bajo la amenaza del nombramiento de un ‘protector’,  aspiran a que el ciudadano se pregunte, con razón, ¿qué sentido tiene depositar un voto a favor del candidato de mi preferencia?, si ese sufragio no será reconocido, pues se   escamoteará el triunfo del aspirante seleccionado. Antes de cada jornada comicial, el gobierno inhabilita y sanciones a partidos y líderes: o promueve la fractura de la oposición mediante el fomento de grupos de esquiroles o facciones que atomizan a las organizaciones. No practica el juego limpio, sino aplica el golpe bajo o la treta maliciosa. A los observadores, o mejor dicho invitados internacionales, el gobierno pretende convertirlos en unos señores complacientes, alabarderos, cuya finalidad consista en elogiar la ‘pulcritud’ del proceso de votación, haciendo caso omiso de las irregularidades y abusos de poder que el gobierno cometa.

Por el lado de la oposición ocurre otro tanto, pero en un sentido distinto. Las citas electorales se trasforman en torneos en los cuales unos acusan a otros de ‘colaboracionistas’. Y estos responden señalando que los detractores son ‘radicales’ o ‘extremistas’. Los desacuerdos sobre decisiones tácticas  se convierten en excusas para pasarse facturas y mostrar odios mellizales. Las fronteras dentro de algunas organizaciones opositoras pueden ser más rígidas y espinosas que las existentes con el régimen. 

En el caso de las próximas elecciones regionales, al ambiente de incertidumbre y hostilidad interna rutinaria, hay que sumar las tensiones con la Unión Europea, tanto del gobierno de Nicolás Maduro como de algunos partidos del bando opositor. El régimen acusa a Josep Borrell de ‘injerencista’ porque en una declaración afirmó que quien valida la calidad democrática de las elecciones es la comisión designada por la UE para observar la consulta de noviembre. Es ese equipo quien las legitima o deslegitima desde ese punto de vista. La comisión, de acuerdo con la opinión del canciller de la UE, no vendrá a pasear ni a brindarle una sonrisa amable  al gobierno. La firmeza de Borrell indignó a Maduro y su comando. 

Los problemas de la UE para cumplir con su misión no se detienen allí. Juan Guaidó y Leopoldo López, de Voluntad Popular –de acuerdo con Borrell- están torpedeando el trabajo de la UE. Se han convertido en enemigos de la misión porque consideran que no existen garantías electorales suficientes, mientras el aval a esos comicios solo sirve para lavarle el rostro a la dictadura. En síntesis, tropiezos por todos lados.

Estas tensiones entre líderes, partidos e instituciones son percibidas de forma negativa por los electores. En las últimas encuestas que conozco, especialmente la de Consultores 21, apenas 30% de la población se inclina por ir a sufragar en noviembre. Este promedio nacional se reduce a solo 20% entre quienes se consideran opositores al gobierno; y sube 45% entre los simpatizantes del régimen. En la franja de los no definidos a favor de ninguno de los dos campos, la tasa se mantiene en 28%. La intención del voto entre los opositores se duplicaría si hubiese acuerdos unitarios entre los candidatos y partidos que acudirán a las urnas. Pero, esos pactos se ven cada vez más lejanos e improbables. No queda mucho margen temporal para alcanzarlos. Solo hasta el 10 de noviembre es posible lograr acuerdos que tengan efectos en los resultados electorales. 

Los desafíos que tiene ante sí la oposición son enormes. Debe estimular la confianza entre los votantes acerca de la legitimidad e importancia de los comicios regionales,  debe movilizar los electores para que vayan a los centros de votación, tiene que elevar la fe en que es posible triunfar y hacer valer la victoria. Para alcanzar estos objetivos, debe entender que el adversario es el gobierno y no ninguna agrupación o candidato que no aparezca directamente vinculado al régimen, por antipatías que genere o provocaciones que monte.

Para la oposición resulta imprescindible mejorar el ambiente electoral e incrementar la esperanza y la confianza en el voto. Una derrota aplastante reducirá de forma significativa las posibilidades de obtener logros significativos en México. No es lo mismo sentarse a discutir con Maduro contando con el respaldo de un buen número de gobernaciones y alcaldías, que en medio de la orfandad que las proyecciones estadísticas presagian. Todavía hay tiempo de mejorar el panorama electoral, reduciéndole el tono dramático que se le ha colocado.

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