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Putin y Xi Jinping: dos dictaduras diferentes

Tomada de El Confidencial

Trino Márquez

La invasión de Ucrania por parte de Vladimir Putin y el discreto respaldo de China a esa incursión, han llevado a mucha gente a pensar que ambas superpotencias militares son iguales. La realidad  es diferente. La única similitud reside en que ambos regímenes suprimieron la democracia. En China,  la dictadura la ejerce el Partido Comunista Chino. En Rusia, el despotismo es personal; lo practica un autócrata que no cree en la dirección colectiva ni se somete a ninguna instancia de control institucional o partidista. Esas disparidades son cruciales para entender la lógica de ambos esquemas y medir el peligro que entrañan.

El PCCh fue fundado por Mao Zedong en 1921. A partir de las premisas leninistas de la organización revolucionaria, Mao adaptó el partido a las condiciones de una sociedad fundamentalmente rural y campesina, como era la China de la época. Creó una agrupación de militantes disciplinados, leales a la organización y creyentes en la revolución comunista. En la actualidad el PCCh cuenta con cerca de cien millones de militantes esparcidos por todo el territorio de ese gigantesco país. Durante toda su existencia en el partido se han debatido –con  las restricciones propias de una organización vertical y monolítica- los problemas más importantes que conciernen a la nación. Desde cómo debía enfrentarse la invasión japonesa en los años treinta del siglo XX y el tránsito hacia la economía de mercado con las reformas de Deng Xioping, hasta las reformas que le permitirían a Xi Jinping permanecer más de dos periodos consecutivos de cinco años como secretario general del Partido Comunista y Presidente de la República, todo se considera dentro de la organización. El mismísimo Mao –idolatrado de forma intencional por sus seguidores para mantener a raya a los sectores que querían promover reformas modernizadoras-  se vio obligado a discutir sus propuestas, hasta que a finales de su vida logró hacerse con el control absoluto del poder e imponer, entre otros exabruptos, la Revolución Cultural, orientada a destruir sus enemigos internos.

El viraje que permitió moverse desde la economía comunista planteada por Mao hasta la apertura capitalista fomentada por Deng, se produjo en medio de un crudo debate con la llamada Banda de los Cuatro, liderada por la viuda de Mao. Este grupo proponía mantener el país en la senda trazada por el fundador del partido, negado a todo tipo de cambios que impulsaran la economía de mercado. Derrotada la Banda, Deng pudo establecer las consigna ser rico es grandioso y no importa de qué color sea el gato, con tal cace ratones, con las cuales enfrentó a quienes lo acusaban de capitalista. Esas reformas, decididas por la mayoría de los miembros de la dirección del PCCh, permitieron que China, en menos de cuarenta años, pasara de ser un país miserable a convertirse en la segunda potencia económica del planeta.

 Es verdad que Xi Jinping detenta un inmenso poder. Ha logrado convertirse en el líder indiscutible de la nación y del partido. Sin embargo, no puede hacer lo que se le antoja, prescindiendo de la estructura partidista. En 2023, cuando el PCCh debe elegir un nuevo presidente de la República, tendrá que  persuadir a sus camaradas para que voten por él. Lo más probable es que resulte reelecto, pero el laborioso trabajo de convencimiento tendrá que hacerlo. Es un primus inter pares.

  El caso de Vladimir Putin es muy diferente. Aunque fue militante del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) en sus años juveniles, su visión del poder nunca estuvo atada a la militancia en ese partido ni en ninguna otra organización política. Rusia Unida, la agrupación a la cual pertenece desde hace algunos años, es una organización que carece de trascendencia. Le sirve como comodín para participar en los procesos electorales amañados que convoca cada cierto tiempo. Putin encarna el típico tirano embriagado de poder, tan bien descrito en novelas como el Otoño del patriarca y Yo, el Supremo.

La dictadura de Putin es personal. Llegó a la cima atropellando y, en algunos casos, aniquilando a sus adversarios. Para entronizarse se ha valido de envenenamientos, persecuciones y encarcelamientos a sus adversarios. Si un periodista denuncia sus desmanes, lo amenaza o lo desaparece. Si un joven político como Alekséi Navalny lo reta a participar en elecciones libres y competitivas, lo envenena, y luego lo mete en prisión por cometer la osadía de desafiarlo regresando a Rusia. Putin construyó una sociedad a su imagen y semejanza. Es el amo absoluto del país. Doblegó al aparato Judicial, al Ejército, al Parlamento, a los medios de comunicación y a la Iglesia Ortodoxa, con la que formó la alianza que la convirtió en unos de los soportes ideológicos más efectivos para luchar contra las ‘perversiones’ y la ‘degradación’ de Occidente. Creó su propia burguesía, con  sus empresarios protegidos. Putin no comparte el poder con nadie, ni admite que nadie se lo dispute. Representa al tirano en su expresión más acabada.

Vladimir Putin carece de cualquier locus de control interno que le ponga límites. La falta de barreras tiene su correlato: si la invasión fracasa, sus enemigos internos le cobrarán el daño que está causándole a Ucrania  y a Rusia. Esa circunstancia lo torna aún más peligroso que Xi Jinping y le hace más complicado a Occidente lidiar con él. Es un Hitler sin el partido nazi.

         @trinomarquezc

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